Archive for the ‘Cine de allá’ Category

Los rápidos y los furiosos

Domingo, Septiembre 9th, 2012

Un tipo que está regateando con un caballero que vende tornillos de todas clases en el Rastro de la capital tinerfeña no deja de hablar entusiasmado, casi a gritos, que Vin Diesel va a venir a Canarias para rodar una película de coches.

La película a la que hace referencia es la sexta entrega de The Fast and the Furious (A todo gas) en la que el actor norteamericano que se ha hecho un hueco en Hollywood asumiendo el rol de macarra, vuelve a repetir con un personaje que, como todo futurista que se precie, representa ”el amor al peligro, el hábito de la energía y de la temeridad.”

El hombre máquina que vindicara el loooco de Marinetti.

Lo que ignora el tipo, y tampoco soy nadie para decírselo, es que además de macarra en The Fast and the Furious, Triple X y esas dos curiosas cintas de c/f que son Pitch Black y Las crónica de Riddick, es que detrás de ese cuerpo modelado en gimnasios se encuentra un buen actor cuando cae en manos de un buen director como fue Sidney Lumet en su aún desconocida Find Me Guilty (Declaradme culpable, 2006), donde Diesel interpreta con mucha convicción y toneladas de maquillaje al gángster Jackie DiNorscio.

Les recomiendo que la vean si no la han visto.

Lo curioso del caso, volviendo al Rastro, es que quien intenta venderle los tornillos no sabe quién es Vin Diesel, aunque coincide con el informante en que si se trata de una película de carreras –así, “de carreras”– “tiene que estar guapa.”

Nunca fui un seguidor del subgénero. Aunque reivindico un título –con la misma pasión con la que reivindico el Ecce Homo restaurado por Cecilia Giménez– como es La carrera de la muerte del año 2000 (Paul Bartel, 1975). Cinta que no ha tenido su remake pero sí su reboot y el reebot su precuela. Lo del reboot es la última fórmula que se han sacado de la manga en la Meca del Cine para explotar lo que parecía inexplotable: un reinicio o relanzamiento de una historia como sucedió también con Carlitos Brigante antes de que Brian de Palma lo liquidase a balazos en la estupenda Carlitos’s Way (Atrapado por su pasado, 1993)

Dejo al entusiasmado fan de Diesel esta mañana soleada de Rastro en busca de libros. Y como siempre, encuentro alguna cosa apetecible. Entre otras, Lulu en Hollywood, un volumen que recopila recuerdos escritos por una de las mujeres más bellas que jamás proyectó la pantalla silente y sonora.

Me refiero a Louise Brooks. Una modelo y actriz de la que me estoy enamorando inoportunamente al repasar su vida en los felices años 20 pero sobre todo un ejemplo de coraje y sinceridad que, defiende ella en este volumen, caracterizó su existencia en ese lugar donde “te pagan mil dólares por un beso, pero te dan cincuenta centavos por tu alma” (1).

El mundo ha cambiado mucho desde entonces, querida Louise y querida Marilyn, porque Hollywood ya ni siquiera paga tanto por tu alma.

Escribo esto un pesado domingo, como son todos los domingos, en los que hago repaso de los días calcinados y procuro averiguar como serán los aún parduscos pastos que me quedan por devorar en este itinerario que es la vida.

Barajo el riesgo.

El riesgo es salir de casa y meterme a ver Madrid Days, de José Luis Garci. Pero la diosa de la razón se impone y me ordena que ahorre el dinero porque no está la cosa para malgastarlo y encima te entren ganas asesinas por degollar a ese fumador empedernido que presentó Qué grande es el cine.

Veo en la red el tráiler, pero me niego en redondo a leer comentarios y críticas de una película donde, curiosamente y por lo que he podido contemplar, Sherlock y Watson hablan un perfecto español de Valladolid y hace un cameo ese político estirado y marciano que es Alberto Ruiz-Gallardón. Dicen que como Isaac Albéniz. Dios nos coja confesados.

Después de lo que Garci le hizo a Benito Pérez Galdós con El 2 de mayo, si hubiera justicia en este país lo hubieran exiliado al islote de Perejil.

Nunca he entendido el entusiasmo que aún le profesan algunos aficionados al cine que perpetra este señor.

Claro que deben ser cosas mías porque no tolero el exceso de azúcar, y la mayoría de sus películas, pero en especial Canción de cuna, fue como zamparme una bandeja entera de tocinitos de cielo… Será que a mi me gustan más los dulces borrachos. Y de eso no entiende ni el cine del señor Garci ni el que se rueda en este país.

Un país, ahora mismo, que pretende que alguien le explique como la abundacia de la que disfrutó hace unos años resulta ahora un inquietante espejismo. O un mal chiste.

Tarea compleja, porque obliga a pensar.

Eso explica, sin embargo, lo que se está haciendo: despistar al españolito que ya está en el mundo sacando lo peor que lleva dentro y que se pregunte, como si la vida le fuera en ello: ¿por qué está triste Ronaldo?

Penélope Cruz, súper Pe, por otro lado, desmiente un titular publicado por La Stampa y que ha contribuido a hacer un poquito más grande la zanja que está separando a los ricos y famosos (sean de derechas como de izquierdas) de los pobres y desgraciados españolitos (sean de derechas como de izquierdas) que estamos en el mundo.

Titular malintencionado: “Produciré un par de cintas al año en España para dar trabajo.”

Respuesta de súper Pe: “se han manipulado mis palabras.”

Lo único bueno de todo esto, del brutal movimiento sísmico que nos está haciendo bailar a casi todos el mal de San Vito antes de que caigamos dentro de las grietas profundas que se abren bajo nuestros pies, es que yendo al Rastro de la capital tinerfeña puedo escuchar a un chaval loooco de contento porque el Vin Diesel vendrá a Canarias a rodar la última entrega de una película cuyo título, curiosamente, se me antoja como inquietante metáfora de estos tiempos que me han tocado vivir:

El rápido y el furioso.

Elijan ustedes quienes es el rápido y quien está furioso.

(1) Marilyn Monroe, una rubia que al parecer no fue tan tonta.

(*) La ilustración que acompaña este post corresponde al cuadro La calle ante la casa (Umberto Boccioni, 1911).

Saludos, ¿es que nadie  se acuerda de La Roca?, desde este lado del ordenador.

Noticias de esas cosas que tanto me (dis)gustan

Martes, Septiembre 4th, 2012

UN CINEASTA CON MUCHA PECHONALIDAD

El investigador tinerfeño Jorge Fonte es el autor de Russ Meyer. El indiscutible rey del cine erótico (Ediciones JC). En este volumen Fonte desentraña las claves que configuran el universo cinematográfico de un cineasta cuya obra se caracteriza por una búsqueda constante de la carnalidad que, en ocasiones, hizo equilibrios para no caer en la pornografía, un género, por otro lado, que detestaba cordialmente el autor de cintas tan extravagantes y salvajes como Faster, Pussycat! Kill! Kill! (1965) y Vixen (1968). Hay que aclarar que Russ Meyer. El indiscutible rey del cine erótico no es el primer libro que se dedica en España al director. Hace años Pedro Calleja (responsable de uno de los mejores fanzines de cine fantásticos de este país, el mítico Serie B) dio a conocer su  filmografía en el todavía recomendable Meyerama: las películas y las supermujeres de Russ Meyer (editorial Midons), volumen que incluye una jugosa entrevista con este amante de las mujeres con destacada pechonalidad que fue Russ Meyer. Calleja será, precisamente, el encargado de presentar el libro de Fonte en el Salón Erótico de Barcelona (SEB), que se celebra en octubre. Otros libros del autor de Russ Meyer. El indiscutible rey del cine erótico, son los dedicados a Walt Disney, Steven Spielberg, Oliver Stone, Woody Allen y Robert Zemeckis. El volumen de Fonte, además de biografía y un extenso e interesante estudio sobre todas las películas rodada por el cineasta, incluye filmografía y bios muy jugosas sobre las actrices y actores que intervinieron en sus filmes. La aparición del libro coincide además con el noventa aniversario del nacimiento del director, quien falleció en Los Ángeles, California, en septiembre de 2004.  

UNA MUJER DE ARMAS TOMAR

El escritor y guionista Carlos Álvarez presenta este mes su tercera novela, tras La pluma del arcángel (Alfaguara), título por el que obtuvo el premio Benito Pérez Armas y Si le digo le engaño. 100 kilos a la deriva para salir de la crisis (Hora antes editorial). Lleva por título La señora. Beatriz de Bobadilla, señora de Gomera y Fierro (Hora antes editorial), y mezcla realidad y ficción con el objeto de ofrecer un retrato diferente de una mujer adelantada a su tiempo y con tanto peso protagónico en aquellos tiempos en los que Canarias comenzaba a integrarse en la Corona de Castilla. Beatriz de Bobadilla es también protagonista de Doña Beatriz de Bobadilla: drama histórico en cuatro actos, publicado en 1840, y cuyo autor es Manuel de Ossuna y Saviñón y su figura ha sido estudiada, entre otros, por Alejandro Cioranescu (Doña Beatriz de Bobadilla. Una amiga de Cristóbal Colón) y descrita por el polígrafo canario José Viera y Clavijo como una mujer “rara, que teniendo todas las gracias y flaquezas de su sexo, tuvo la crueldad y constancia de un hombre sañudo.”

EDUARDO, ESTÁ USTÉ NOMINADO

El guionista y dibujante de cómics Eduardo González está nominado en la categoría de mejor guionista nacional por Dentro de la noche a los Premios de la crítica de la revista Dolmen en su XII edición, relativa a los años 2011/2012. Un total de dieciséis especialistas ha votado en esta primera fase, la segunda comenzará este mismo 5 de septiembre y el fallo se dará a conocer el 15, coincidiendo con la clausura de las Jornadas del Cómic de Avilés. Eduardo González compite junto a Paco Roca, Gabi Beltrán, Díaz Canales, Cristina Durán y M. A. Giner. Para seguir el trabajo de Eduardo les recomiendo que visiten su para mi imprescindible blog Tirón de ojeras.

HISTORIAS DE UN MAÑO EN AMÉRICA

El ermitaño errante. Buñuel en los Estados Unidos, del catedrático de Historia del Cine de la Universidad de La Laguna, Fernando Gabriel Martín, es un más que recomendable trabajo sobre el cineasta aragonés durante su todavía poco conocida estancia en el país donde ondea las barras y las estrellas. En este volumen, que fue editado hace dos años por la Filmoteca Regional Francisco Rabal (Murcia), el autor propone un riguroso seguimiento por tierras norteamericanos del director de Los olvidados. Gran parte del material es resultado de numerosas consultas en los archivos Rockefeller, Universidades de Columbia y Nueva York; Washington y Los Ángeles. Con suerte, y para buñelistas de pro, el libro aún se puede encontrar en librerías. Como todo el mundo sabe, Luis Buñuel dirigió en su etapa mexicana, a mi juicio la mejor de su filmografía, Él, que está basada en la novela del mismo título de la escritora tinerfeña Mercedes Pinto. Y para no ser menos, recomendamos el visionado de La joven (1960), una de las cintas menos conocidas del director, en la que plantea una reflexión políticamente incorrecta sobre el racismo.

FUERTEVENTURA EN NEGRO

Me informan de una nueva incursión en la literatura negro criminal escrita en Canarias. Aún no he tenido acceso a la novela, aunque las reseñas que he leído no son malas. Se trata de Sangre de perros, de Carlos David Gutiérrez Robayna, y la acción transcurre en la isla de Fuerteventura. Solo que una isla, la de Fuerteventura, de noche, alejada de la brillante y poderosa luz del día.

CORTOS MADE IN CANARY ISLANDS

Tenerife Espacio de las Artes (TEA) acoge el jueves, 13 de septiembre y a las 20.30 horas, el estreno de tres cortometrajes realizados en Canarias. Los trabajos son Nube9, de Josep Vilageliú; Ángeles, de Daniel León Lacave y El duelo, de Borja Texeira. Estas piezas se exhibirán también el lunes, 17 de septiembre, en los Multicines Monopol de la capital grancanaria. Atención a los carteles promocionales de estos tres cortos… Impecables. Esperemos que el resultado en pantalla resulte igual de convincente.

Saludos, cuando despertó, el dolor de barriga continuaba ahí, desde este lado del ordenador.

(www.elescobillon.com)

Una tirada de Tarot

Lunes, Septiembre 3rd, 2012

I.- LA TORRE

Intento huir como de la peste de las versiones extendidas y de los supuestos montajes del director. Tampoco me hace gracia lo que los anglosajones conocen como remakes y mucho menos todas esas fórmulas que se han sacado de la manga en la Meca del cine para explotar éxitos de taquilla. Ya saben, contar el antes y el después de una historia que quizá tocó algo de lo único sano que debe quedar en tu podrido corazón. Evito además con discreta cordialidad los cómo se hizo y las entrevistas que te ofrecen como material de relleno los dvd y los blue ray. Y es que siento que todo se desmorona… Se me desmorona

II.- EL AHORCADO

Cada vez voy menos al cine. Y no solo por el precio prohibitivo de la entrada.

Cosas de la edad, ha llegado el momento en que prefiero verlo en casa.

Recuerdo que antaño esta posibilidad ni se me pasaba por la cabeza.

Recuerdo, además, discusiones subidas de tono con un amigo cinéfilo o de los que solo aseguraba ver “cine de calidad” cuando me ladraba que ya no iba al cine. Que se lo pasaba mejor viéndolo en la soledad de su mansión.

Daban ganas de ahorcarlo aunque siempre, para relajar la tensión, me ponía a imitar la voz en off que durante un tiempo se pudo escuchar en toda película española que se respetase. Ya saben, y si no lo saben me da perfectamente igual, escuchar aquella voz irónica que venía a informar: “Este es el pueblo del Cafre del Campo. Un pueblo tranquilo donde lo más extraño que puede pasar es que Mariano, el de la tienda de abastos, no se levante para abrir su establecimiento a las siete de la mañana. Esta es la plaza del Cafre del Campo, con su fuente de cuatro canalones que fuera donada por el señor marqués cuando al Cafre del Campo aún no había llegado la luz eléctrica…”

III.- EL ERMITAÑO

Detesto, y no puedo fingir que los deteste como quien se come la última croqueta del plato, a los que dicen que conocen a… Cuando no conocen a ese mismo a…

Un ejemplo relativamente reciente y verídico como la vida misma.

- Son cosas de Pedro, osea, ya sabes…

- ¿Pedro?, ¿de qué Pedro me hablas?

- ¿Osea, cómo que de qué Pedro te hablo? De Pedro Almodóvar, claro está.

- Ahhhh.

A este equipo pertenecen también los que dicen que han leído a… Y no han leído a…

Aunque son relativamente fáciles de detectar siempre y cuando les sigas el juego.

- No me gusta el Galdósssss. Ha quedado tan rancioooo.

- Gracias a Dios que por la misma época estaba escribiendo el Gabriel de Araceli. Lástima que por ser gaditano y de escasos posibles apenas haya trascendido en la historia de la literatura de este país… Aunque Trafalgar… ¡Trafalgar!

- El poooobre de Araceli. Una tragediaaaa. Lástima que viviese aquí… Si hubiese nacido en otro sitio…

- Inglaterra.

- O Francia.

¿Gabriel de Araceli?

IV.- EL SUMO SACERDOTE

Desconfío también de los tipos/as que salpican con citas cualquier conversación que mantengas con ellos.

- La situación está fatal. Estoy pensando seriamente en mandar todo a paseo.

- La muerte es una vida vivida. La vida es una muerte que viene, Jorge Luis Borges.

- ¿Eh?

- Quien se enfada por las críticas, reconoce que las tenía merecidas, Cayo Cornelio Tácito.

- ¿Eh?

- El viejo Franz tenía razón. El mundo es una Kafka, Pedro Ruiz.

- ¿Eh?

Tuve un amigo, que ya no está entre nosotros, con el que mantenía diálogos más o menos parecidos al que acabo de reproducir.

En sus escritos, porque además de ser mi amigo era un excelente escritor, insistía en esa misma manía: reproducir citas y más citas como si quisiera demostrarle al mundo que era una persona leída.

- ¡¡¡Pero si tú ya eres una persona leída!!! ¿Qué pretendes demostrar?- me quejé una vez.

AMIGO: Demostrar a quien habla mal de mi a mis espaldas…

- ¿Eh?

AMIGO:…Que mi culo contempla, Winston Churchill.

- ¿Eh?

V.- EL DIABLO

Esto de citar es una costumbre que caracteriza a algunos de los políticos de esta enfermiza comunidad autónoma en la que vivo.

Uno en concreto no pone punto final a sus intervenciones si no es para demostrar que él es como una persona leída.

Lleva gafas, además.

Luego, piensa, la gente debe imaginar que es leída. No leído.

El problema es que no se ha dado cuenta, ni nadie se ha preocupado en convencerle de lo contrario, que con citas no demuestra nada.

Es más, tengo la sensación de que tanta manía por mencionar autores y citar frases sin ningún tipo de pudor le quita verdad a lo que al final no es sino un acto ridículo con el que camuflar una carencia (vergüenza) que solo despierta mis más bajos e inconfesables instintos de desprecio.

Un ejemplo:

POLÍTICO, nazionalista: No podemos resolver problemas pensando de la misma manera que cuando los creamos.

PERIODISTA: Pero ¿es consciente que esos mismos problemas lo crearon ustedes?

POLÍTICO, nazionalista: Ah, eso no lo sé, la frase es de Einstein. ¿Otra pregunta?

PERIODISTA (la cosa es ansí): ¿Cómo se escribe Einstein?

POLÍTICO, nazionalista (la cosa es ansí): Con H.

VI.- LOS ENAMORADOS

Otro de los misterios sin resolver del lugar en el que vivo…

(VOZ EN OFF: Un archipiélago fragmentado y desparramado en las azules aguas del océano Atlántico…)

es la desarmante atención que se le presta a todo aquel que sepa pronunciar sonoras C y Z. Aunque lo que venda apeste a monumental estafa. Y últimamente a todo aquel que confunda la R con la L. Es decir, que en vez de puerco diga puelco.

VENDEDOR (acento peninsular): Productores norteamericanos, ein, están seriamente interesados en rodar un remake de Papillon en Canarias… No adelanto quiénes serán sus actores pero uno de ellos comienZa con el nombre de Leonardo…

VENDEDOL: Canalias necesita hoy más que nunca una escuela de cine. Pala que de esa escuela de cine salgan los lealizadoles del mañana… Atención al guión…

VII.- EL JUICIO

Me escribe un viejo y admirado amigo que no recurre a citas, ni menciona a la gente que conoce, ni vende motos porque no tiene necesidad de vender motos, recoldándome una película que, curiosamente, nos hizo un poco más amigos en estos tiempos siniestros que vivimos: La condesa descalza.

¿Qué te parece?, me interroga en un e-mail de apenas cuatro líneas.

Que ¿qué me parece La condesa descalza?

Pues una película que si aún se mantiene viva en mi memoria como espectadol cinematográfico es pol ella.

¿Ella?

La diosa.

Ava.

La mujel.

Y así lo siento y así lo escribo.

VIII.- EL LOCO

Tanto Mogambo como La condesa descalza son películas de Ella.

No de  Joseph L. Mankiewicz ni John Ford.

Sino de Ella.

Y es que

“Llega un momento en el que te enfrentas al hecho de que te has convertido en un viejo putón”, Ava Gadner.

Saludos, ¡loco, morena, loco!, desde este lado del ordenador.

Feliz cumpleaños, Yvonne De Carlo

Sábado, Septiembre 1st, 2012

Tal día como hoy, 1 de septiembre, Yvonne De Carlo hubiera cumplido noventa años pero quisieron los dioses que no llegara a esta edad porque así de caprichosos son los habitantes del Monte Olimpo.

Reina de la serie B con permiso de Maria Montez, siempre me pareció infinitamente más atractiva y mejor actriz que quien hizo popular a la Reina Cobra. Ahí tienen su impresionante filmografía para hacer números y repescarla tal día como hoy para rendirle el único y modesto homenaje que podemos hacerle los que aún estamos vivos.

Y es que, quienes la conocimos, la queremos, Yvonne De Carlo.

La queremos por ser la carnal y comprometida compañera de Burt Lancaster en esa obra maestra del cine policíaco que es El abrazo de la muerte (Criss Cross, Robert Sidomark, 1949), filme basado en la novela del mismo título del imprescindible Don Tracy.

La queremos por poner firme al siempre risueño y atractivo Clark Gable en La esclava libre (1957), de mi admirado Raoul Walsh… Pero sobre todas las cosas, entienda que la quiera –con la mano en el pecho y puesto de rodillas– por encarnar a esa madre entrada en carne pero aún con generosísimos encantos en la serie de televisión The Munsters.

Y si bien es verdad que siento inconfesable devoción por Carolyn Jones, la mamá del clan de Los Addams, que quede constancia que, pese a todo, continuo recordándola a usted como la encantadora Lily Munsters.

Y es que una mujer que ató en corto a su atolondrado marido, Herman (Fred Gwynne) y al abuelo (Al Lewis) y al resto de aquel disparatado clan familiar merece nuestro más sincero reconocimiento.

Cuenta, además, con una filmografía salpicada de títulos olvidables aunque rescatables solo porque en ellos aparecía usted explotando su talento.

Un talento que no va unido solo a su exótica belleza sino también a su capacidad para la interpretación en unos tiempos donde las estrellas brillaban por ser ellas mismas. Con independencia del lugar que ocuparan en la constelación de Hollywood.

Sirva este pequeño tributo para rendir honores a su memoria, señora De Carlo.

Y continúe usted descansando, porque el cine y el mundo que dejó hace ahora seis años no ha ido para adelante sino más bien para detrás.

Signos de estos tiempos huecos que vivimos.

Tan huecos, señora De Carlo, que no le hubieran permitido convertirse en ese astro de la pantalla que todavía brilla, afortunadamente, en el imaginario de espectadores que, como éste que ahora mismo escribe estas líneas, no la olvida.

Gracias pues, señora Yvonne De Carlo.

Saludos, todas las épocas son iguales, solo el amor las hace soportables, desde este lado del ordenador.

La primera huella del hombre en la Luna

Sábado, Agosto 25th, 2012

Apenas había venido al mundo cuando el hombre dio un pequeño paso que sin embargo fue un gigantesco salto para la humanidad.

Ese hombre tuvo nombre y apellidos: Neil Armstrong, y aún recuerdo –porque lo tengo grabado al rojo vivo en el disco duro de mi memoria– verlo en blanco y negro cuando pisó, como primer astronauta, un suelo lunar que a partir de ese momento hizo pensar a los que estaban en la Tierra que el futuro, efectivamente, ya estaba aquí.

En aquel entonces aún se respiraba el enrarecido aire de la Guerra Fría y los gringos se habían adelantado, por fin, a los soviéticos en su empeño por alcanzar ese satélite con el que algunos sentimos una extraña comunión.

Fue un momento extraordinario, que viví siendo un niño al que el año 2000 le sonaba entonces a cosa de ciencia ficción.

Digamos así que el pequeño paso de Armstrong acercó un poco más una fecha que representaba en mi imaginario infantil un mundo en el que no existirían las guerras ni las enfermedades.

Un mundo en el que todos seríamos más felices porque habría oportunidades de conquistar otros planetas del universo…

La Luna solo era el principio de lo que prometía ser una aventura apasionante.

El paso de los años conspiró para triturarme aquellos sueños, sueños que durante una feliz época de mi vida alimenté leyendo y viendo películas de ciencia ficción que a medida que me iba haciendo mayor, se tornaron igual de oscuros que mi carácter.

La muerte de Neil Armstrong, probablemente uno de los hombres a los que más he envidiado en lo que llevo de vida por ser el primero que imprimió su huella en la Luna, me golpea así con un inquietante dolor en el almacén de los recuerdos felices que tengo guardado en algún lugar de mi centro de operaciones…

Y me produce escalofríos la tormenta de recuerdos que ha sacudido y que pensaba tenía  definitivamente perdidos al leer el anuncio de su fallecimiento.

Entiendan que fui de los que tuvo en su dormitorio el cartel del astronauta con la bandera de los Estados Unidos al lado.

Que fui un niño que se supo de memoria y como un mantra los apellidos de los tres protagonistas de la expedición Apolo XI. Nombres que repetía como un loro cuando un adulto para tomarme el pelo me pedía que los recitara: Armstrong, Collins y Aldrin.

Que fui un devoto consumidor durante un tiempo de todo lo que sonara a conquista del espacio.

Y es que seguía, como otros siguen la liga de fútbol, como los norteamericanos avanzaban casilleros en esa excéntrica carrera espacial contra los soviéticos en unos tiempos de Guerra Fría por fuera pero muy caliente por dentro.

En el fondo de mi alma, si existe eso que se conoce como alma, deseaba que ambos bloques hicieran las paces de una puñetera vez.

Y que Gagarin, el primer hombre en dar la vuelta al planeta azul, con aquel casco en el que se podía leer CCCP,  compartiera experiencia con los gringos mientras jugaba con la perrita Laika.

Espero ahora que lo hagan si existe otro universo más allá del nuestro. Y que ese pequeño paso para el hombre y gran salto para la humanidad sea realidad en un cosmos donde muchos se empeñan que deambulan las almas de quienes se nos fueron.

Ya dejé de creer en eso.

Pero por soñar que no quede.

Claro que estas cosas me pasan por ser un ateo gracias a Dios.

Con el paso del tiempo y a medida que iba haciéndome mayor me fui desvistiendo de mi entusiasmo por el espacio cuando un día comprendí que nunca sería astronauta. Y que los sueños, sueños son.

A partir de ese momento, me preocupé por cosas más mundanas aunque me molestaba en conversaciones informales que sostenía con fanáticos de la conspiración que continuaran empeñados en que todo aquello fue un montaje.

Que la misión del Apolo XI fue una burda mentira.

Mientras que otros, es probable que pagados por el oro de Moscú, aseguraran que una importante compañía multinacional de refrescos había tentado con millones de dólares a Armstrong para que promocionara su marca cuando pisara territorio lunar.

Todo esto erosionó mi entusiasmo por la conquista del espacio aunque de vez en cuando retomara mi entusiasmo cuando tras la Luna se anunciaba que el próximo destino sería Marte.

Marte dio origen a una interesantísima cinta para amantes de la conspiración como es Capricornio 1 (Peter Hyams, 1978).

Intento explicar con todo esto mi temprana afición, afición que aún perdura aunque a regañadientes, casi como si quisiera sacudirme de encima las pulgas de un mito con el que cada día que  avanza me siento más extrañamente identificado, por las películas –no novelas– con astronautas.

En este sentido, debo ser de los pocos que no se cansa de ver ese ladrillazo que es Apolo XIII (Ron Howard, 1995) y su “Houston, tenemos un problema” y la magnífica Elegidos para la gloria (Philip Kaufman, 1983), entre otras películas que se han empecinado en demostrar lo difícil y complejo que fue salir de este planeta que llamamos Tierra.

Y pienso resignado que la culpa de todo esto la tuvo Armstrong.

El primer hombre que dio un pequeño saltito con la esperanza que fuera un gigantesco salto para la humanidad.

Es verdad que tal y como hemos evolucionado su proeza no sirvió de mucho, pero al menos dejó impresa en la superficie lunar la huella del hombre.

Y eso, a mi juicio, todavía es un milagro de lo que podemos aspirar como especie. 

Saludos, las estrellas son mi destino, desde este lado del ordenador.

La visión de un sueño: Gene Kelly

Jueves, Agosto 23rd, 2012

Crecí con la televisión en blanco y negro. Una televisión además con un solo canal pero en la que se cuidaba con mimo y mucho esmero su programación cinematográfica.

Crecí imitando junto a los míos a Alfonso Sánchez, que fue el primer crítico de cine del que tuve conocimiento y al que nos gustaba escuchar no por lo que decía sino cómo lo decía.

- La pepepelícula que vavavamos a ver….

Aquel hombre, con pinta de simpático abuelete, siempre cigarrillo en mano, tenía un tartamudeo especial que hacía que dijera lo que dijera, invitaba a pensar que lo que íbamos a ver tenía que resultar rematadamente bueno.

Crecí también con José Luis Balbín y su mítico espacio La clave, donde tras la película, se suscitaba un apasionado debate en el que los contertulios además de fumar como chimeneas bebían y bebían lo que, sospechaba mi padre, tenía que resultar un excelente escocés.

En aquella televisión en blanco y negro se exhibían además ciclos dedicados a grandes directores.

Gracias a estos ciclos me acostumbré a ver buen cine.

Y a deslumbrarme con películas que poco o nada podían decirle, presuntamente, a un tierno infante que solo soñaba con un muñeco de Batman. Pienso en Stromboli (Roberto Rossellini, 1950) o En un lugar solitario (Nicholas Ray, 1950), entre otras grandes cintas que vistas en la pequeña pantalla forjaron de alguna manera mi temple como espectador.

Gracias a aquella caja que para nada era tonta e inmune a las patologías que hoy disemina ese rosa podrido que reivindica la prensa del corazón, descubrí a un cómico con el que aprendí a reírme bastante, Eddie Cantor, y a desear bailar con la elegancia de Fred Astaire check to check con Ginger Rogers…

Cuando llegó el color a la televisión no recuerdo con tanta emocionada devoción la labor de aprendizaje que sí percibí y aún percibo de cuando se mostraban las cosas en blanco y negro.

Es  verdad que de tanto en tanto descubría algunas cosas nuevas, que atrapaban mi nerviosa capacidad de atención de adolescente, pero se había perdido algo de la magia original.

Cosas de la edad del pavo, supongo. Porque recuerdo con simpatía las memeces de la serie Carry on; alguna película de ciencia ficción, curiosamente en blanco y negro como La humanidad en peligro (Gordon Douglas, 1954) y El increíble hombre menguante (Jack Arnold, 1957), que todavía veo y que todavía me asombran por razones varias.

La primera de ellas  porque cuenta con uno de los inicios más inquietantes de la historia del género, con esa niña en estado de shock caminando por una carretera. La segunda porque me enseñó a entender la grandeza del infinito… Donde lo grande es pequeño y lo pequeño es grande.

El cine, en definitiva, se convirtió en un compañero con el que pasaba el tiempo y me enseñaba que, en contra de lo que anunciaba ese pequeño clásico en la cinematografía de Juan Antonio Bardem que es Nunca pasa nada, sí que podían pasar si te dejabas abducir por aquellas películas en las que la ecuación entretenimiento y mensaje alteraba tu forma de ver y entender el mundo.

Un mundo chiquito de provincias encerrado por todos los lados por las aguas del mar, pero que gracias al cine te hacía ir más allá de las fronteras insulares en las que te sentías –y te sientes– encadenado.

Gracias al cine, los libros, los cómics, la música empecé a darme cuenta de lo relativamente sencillo que resultaba fabricarme unas alas para evitar la penosa realidad en la que me encontraba –y me encuentro– convirtiéndome a partir de entonces en una especie de yonqui al que le gusta alcanzar sus nirvana  mientras le cuentan historias.

Este y no otro es el objeto de este post.

El relato de una enfermiza pasión que me devora por dentro y que hoy me obliga a escribir estas líneas en señal de agradecimiento, y van, en torno a un actor y director que tanto contribuyó a hacerme feliz y a que hiciera locas cabriolas llamado Gene Kelly, de quien se celebra hoy el centenario de su nacimiento.

Gracias a Kelly no de he dejado de cantar y hacer el payaso cuando cae la lluvia. De querer enamorarme en París y de creerme a pies y juntillas aquello de todos para unos, uno para todos, de Los tres mosqueteros en la que, probablemente, sea la mejor adaptación al cine de la inmortal novela de Alejandro Dumas (1).

Gracias primero a Astaire pero más tarde también a Kelly siempre quise bailar claqué. Y si bien hoy bailo claqué, digamos que fui mal alumno de tan venerables maestros.

Cosa curiosa, aún saco las uñas y me pongo bravo cuando comparan a los dos.

No se han dado cuenta que sus estilos no tenían nada que ver. Y que a su manera, ambos fueron avanzados de un tiempo que quiero pensar no ha sido aplastado por el peso de la Historia.

Astaire encarnó la refinada elegancia de una danza vestido casi siempre con su impecable frac y sombrero de copa.

Kelly socializó la coreografía.

Primero como marinero en Levando anclas (donde baila con el ratón Jerry, ¡¡¡el gato Tom estaba durmiendo la siesta!!!), más tarde en la deliciosa El pirata, Un día en Nueva York, una de las mejores tarjetas turísticas que se han rodado de la ciudad de los rascacielos, y en la hechizante, expresionista Un americano en París.

Después vino Bailando bajo la lluvia.

Y Kelly se hizo un clásico.

Un clásico que se atrevió con casi todo.

Ved Brigadoon (Vincente Minnelli, 1954), su último gran musical.

Ved a Kelly y a la extraordinaria Cyd Charisse danzando en ese pueblo mágico que aparece un día después de cien años y que yo, desde entonces, ando buscando…

¿Fue Xanadú un pecado?

No, solo la visión de un sueño.

(1) Los tres  mosqueteros (George Sidney, 1948).

Saludos, Hello, Dolly!, desde este lado del ordenador.