Fantasía ‘pin up’ (*)
Jueves, Marzo 3rd, 2011Woody Allen dijo en una ocasión que le encantaría reencarnarse en las yemas de los dedos de Warren Beatty. A mí me encantaría reencarnarme en las yemas de los dedos de Howard Hughes.
Howard Hughes fue quien descubrió a Jane Russell.
La mujer gigante y morena trabajaba como secretaria en el despacho de un dentista y el flechazo fue instantáneo.
La inexperta actriz se convirtió en símbolo sexual más por el cartel de la película El forajido que por filme en sí.
Cartel donde no aparecía el protagonista de la cinta sino la protagonista: Jane Russell. Quien mira a cámara. Desafiante. Un tirante de su blusa nos muestra su hombro desnudo…
La leyenda cuenta que, entre otras cosas, Hughes se obsesionó por un defecto de menor importancia en una de las blusas de Jane Russell, argumentando que la tela se agrupaba a lo largo de una costura, con lo que daba la apariencia de que cada uno de los pechos de Russell tenía dos pezones. Estuvo tan preocupado por ello que llegó a redactar un detallado memorándum sobre cómo resolver el problema, y lo repartió entre los miembros del equipo de rodaje.
El caso es que por ese cartel, más que por la película, Jane Russell entró por la puerta grande de Hollywood con un producto muy pequeño, de serie B dirigido por Hughes.
La carrera de Jane Russell no está plagada digamos de grandes películas aunque coprotagonizó Los caballeros las prefieren rubias, una de esas comedias musicales que hacen llorar hasta el más triste de la familia. La dirigió Howard Hawks y Russell compartía escena con otro símbolo sexual que aún resistie el paso del tiempo: Marilyn Monroe.
En esta comedia musical Jane Russell encarna a una mujer de bandera a la que no le hace falta fingir para conseguir lo que desea: el amor. Marilyn, por el contrario, hace de una aparentemente ingenua muchachita que sueña con casarse con un multimillonario. Cuando logra cazar a uno, ella debe resolver la situación para convencer al padre, que interpreta el formidable actor de reparto Charles Coburn.
La pizpireta rubia sin cerebro le demuestra al viejo que no tiene serrín en la cabeza cuando dice: “Si tuviera usted una hija ¿desearía que se casara con un hombre pobre? Al contrario, desearía que para ella lo mejor del mundo y que fuera muy feliz ¿Qué hay de malo en que yo quiera también todo eso?”
El viejo, como es natural, claudica y da su bendición al matrimonio.
Pero hablaba de Jane Russell, que fue una mujer más. O lo más. Todo en Jane Russell resultaba desproporcionadamente grande. Colosal. Y la morena lo sabía. Yo me la imagino como un personaje de su época, época donde todo empezaba a ser demasiado grande. Ésta y no otra es la razón de que Jane Russell se convirtiera en el mito que todavía sigue siendo hoy pese a que en la actualidad gusten más las sirenas anoréxicas.
Más que hermosa, Jane Russell era sexo. Con todas sus letras.
Y por esa emanación que aún agita la tetosterona de públicos masculinos, Jane Russell trasciende pantalla.
Y eso que no tenía una cara bonita. Yo diría que resultaba atractiva e interesante. Y golosa. Muy golosa y comestible.
Cuando veo Los caballeros las prefieren rubias yo sigo apostando por la morena. Me la imagino mirándome desafiante como una diosa mientras grita: ¿y ahora qué?
Y yo, bajando la cabeza, preguntando baboooso.
“Eso, eso ¿y ahora qué?”
Claro que mucho me temo que esta fantasía solo se convertirá en realidad el día en que me reencarne en la yema de los dedos de Howard Hughes.
(*) Pin-up: fotografía o ilustración de una chica bonita en actitud sugerente.
Saludos, ñam, ñam, ñam, desde este lado del ordenador.





