Archive for the ‘Literatura’ Category

Ya me gustaría rugir como un viejo oso pardo

Sábado, Abril 10th, 2010

NO ME GUSTAN LOS PARÉNTESIS (RISAS) EN LAS ENTREVISTAS

Siempre he detestado, con toda la cordialidad del mundo, esas entrevistas en las que el periodista recurre a los paréntesis para describir las distintas reacciones del entrevistado.

Pongo un ejemplo: que a una pregunta sobre noséqué responda el interrogado algo así:

- (Risas) No me lo creo.

Se trata de una fórmula aceptada en este oficio de contar verdades a medias que es la de informar pero que he tratado de evitar a lo largo de mi errático historial profesional porque me resulta muy falsa y por lo tanto innecesaria para aproximar a los lectores al entrevistado, personaje que en todo caso debe revelarse a través de sus respuestas.

Estos extraños pensamientos me han asaltado al leer la entrevista que publica hoy El Día con el coordinador general de Cultura del Cabildo de Tenerife, Cristóbal de la Rosa. Y no porque el cuestionario me parezca mediocre ni porque las respuestas de Cristóbal sean de apaga y vámonos, sino porque he demandado ¡paradójicamente como lector!  los puñeteros paréntesis ante unas respuestas que por escuetas y descafeinadas me hacen imaginar que aceptó el interrogatorio para que no se diga.

Es una pena que la entrevista solo se centre en la actividad como responsable musical del coordinador general, por lo que aviso a los interesados en otras responsabilidades cristobalianas que  no busquen cuestiones como TEA o la situación de pena en la que se encuentran espacios como el teatro Baudet entre otras tantas porque no las van a encontrar.

ELOGIO A LAS CRÓNICAS DEL MULTIVERSO DEL TINERFEÑO VÍCTOR CONDE

La revista Mercurio (se puede descarga en pdf si no la han conseguido en papel pinchando este enlace) que se reparte gratuitamente en librerías publica en su número de abril de 2010 un comentario crítico del poeta y ensayista Luis Alberto de Cuenca que bajo el título de Cita en la variedad, no deja de ser un elogio a la novela Crónicas del Multiverso, de Víctor Conde (psudónimo literario tras el que se esconde el escritor tinerfeño Alfredo Moreno Santana) por la que recibió el Premio Internacional Minotauro de Literatura Fantástica y de Ciencia Ficción.

Entre otras perlas, de Cuenca dice: “Todo eso se lo ha sacado del magín un escritor de raza nacido en Santa Cruz de Tenerife en 1973 y autor de una trilogía sobre la Variedad que inauguró El tercer nombre del emperador (Equipo Sirius, 2002), que continuó Mystes (Minotauro, 2005, finalista del Premio Minotauro del año anterior) y que clausuran estas Crónicas del Multiverso”

En esta novela, según Luis Alberto de Cuenca, “hay una imaginación desbordante” y también “voluntad de estilo, y una prosa tan sencilla como chispeante, mágica y la vez coloquial, como todas las prosas dignas de ser leídas en las literaturas de género”. Por último, añade que tras dos intentos fallidos, es de merecer que haya obtenido este galardón “porque su pluma me parece especialmente dotada para sobresalir en el difícil campo de la CF, tradicionalmente vedado al genio hispánico y hoy literalmente acribillado de talentos jóvenes”.

Saludos, mandando una vez más a paseo los demonios, desde este lado del ordenador.

Para aprender a reírse de uno mismo…

Lunes, Abril 5th, 2010

Quizá sea porque cada día tengo más claro que los dioses existen.

Son un hatajo de campeones que viven en el Monte Olimpo o en el cráter del Teide que contemplan los actos humanos con cierta resignada benevolencia. No se parecen, claro está, a los que protagonizan (¿?) la nueva versión de Furia de titanes, con ese Zeus sacado más de un manga que de la tradición clásica, sino de un grupo de héroes pasados de rosca que son conscientes que nos legaron sus peores vicios pero también sus mayores virtudes.

Pensando en cosas tan abstractas se me pasó el capítulo de la Santa Semana Santa sin darme apenas cuenta. Aunque como les contaba sé que los dioses están ahí cuando la existencia me depara pequeñas pero deliciosas alegrías. Y una de ellas, por imprevista, me acarició esta misma mañana el alma. Es irremediable que me ponga cursi, ustedes perdonen.

Me encuentro en una librería donde todavía venden libros de saldo, manchándome de polvo las yemas de los dedos cuando mis ojos se topan con el nombre de un escritor de los que se cruzaron en mi vida apenas comenzaba a formar mi biblioteca.

¿Su nombre? Roald Dahl, autor que probablemente les diga muy poco a la mayoría pero que para este que les escribe forma parte de su amplia galería personal de amigos que nunca te dejarían en la estacada.

Llevaba tiempo sin tener noticias de su mundo en el que, reitero, me inicié siendo todavía un chaval con aspiraciones. Más tarde descubrí que el escritor además de ser un excelente fabulador de libros infantiles (Charlie y la fábrica de chocolate y Matilda, entre otras) y un cuentista de primera división, se casó en sagrado matrimonio con una de esas actrices de las que me enamoré siendo un renacuajo: Patricia Neal.

El volumen que hoy adquirí de Dahl al prohibitivo precio de dos euros es Alguien como tú, editado por Plaza y Janés en 1962 con una de esas deliciosas pero tan horrosas portadas que caracterizaron a la que fue una de las editoriales de referencia en este país que parece que se nos ha perdido definitivamente.

Alguien como tú se trata de una selección de relatos –la mayoría de ellos ya leídos en otras antologías– que sigue sorprendiendo por su compleja sencillez.

La serie Alfred Hitchcok presenta recurrió en más de una ocasión a sus cuentos para basar algunos de sus más inquietantes episodios. Así que les aseguro que esa fuerza tenebrosa aún se mantiene en la mayoría de sus historias. Historias perfectamente adaptables a cualquier realidad. De hecho, en esta relectura me imagino algunas de las situaciones que plantea en el venenoso universo provinciano en el que me muevo. 

Anagrama publicó en su momento bastante bien sus cuentos en compilaciones como El gran cambiazo, Relatos de lo inesperado e Historias extraordinarias, así como la novela Mi tío Oswald, uno de esos títulos que recomendaría a todo aquel que se encuentre (ahora mismo) al borde del abismo planteándose la posibilidad de dar el gran salto. Y lo escribo así porque esta ficción delirante en la que se nos cuenta las aventuras del “mayor fornicador de todos los tiempos” es de los pocos libros que me han hecho llorar no de pena sino de risa. Y soltar la carcajada cuando uno lee es una de las experiencias más extrañas que me han sucedido en mi ya larga vida como lector. 

No sé si se ha reeditado Mi tío Oswald, pero supongo que se puede encontrar buceando en Internet y con un poco de suerte y si lo acompañan los dioses en uno de esos rastros que, personalmente, en algunas ocasiones me han hecho tan feliz.  

Mi tío Oswald es la narración de un bon vivant y esteta multimillonario para el que la vida no es otra cosa que una fuente de inagotables placeres.

Así que guiado por los dioses y leyendo de nuevo los relatos que compila Alguien como tú, he vuelto a recobrar algo de esperanza con estos monos sin pelo que somos los que vamos de humanos por la vida. Asombrado, no obstante, de que todavía tengamos tanto miedo a alzar la voz en esta región desestructurada que es Canarias.

Así que he llegado a la conclusión que sólo seremos capaces de hacerlo el día que que aprendamos a reírnos de nosotros mismos. Y comenzar con Dahl es ir por el buen camino. Y como decía otro grande, Boris Vian: “sólo se pueden tomar las cosas en serio si sabemos reírnos de ellas”.

Y de risa, de saber reírse de uno mismo con desarmante franqueza es de lo que tratan algunos de los mejores relatos de ese autor imprescindible e inclasificable que fue, es y será siendo siempre Roald Dahl.

Saludos, con el tío Oswald cogido del brazo, desde este lado del ordenador.

¡Qué cruz cuando la Santa Semana Santa dejó de ser igual a ‘cine de romanos’!

Martes, Marzo 30th, 2010

CUANDO LA NOSTALGIA ES…

En épocas ya remotas, cuando se acercaba la Santa Semana Santa era habitual que exhibieran por la televisión una de romanos. O varias de romanos. De un tiempo a esta parte también se las conocen como peplum pero prefiero identificarlas como de romanos pese a que este término no se ajuste a la realidad. Y digo que no se ajusta a la realidad porque muchas de estas películas la mayor parte de las veces sin criterios históricos, no tienen que transcurrir necesariamente en la época romana. 

Al margen de las socorridas cintas sobre la vida de Jesús de Nazareth, cuya pasión y muerte ha dado al séptimo arte bastantes películas, a mí las que me gustaban de verdad eran las de romanos a secas aunque debo de confesar que sintiéndome como Álex –el protagonista de La naranja mecánica– cuando vi La pasión de Cristo de Mel Gibson, abrí los ojos más que nunca nunca más para no perderme los litros de sangre que se derramaban en la cinta cuando lo del calvario que sufrió el que dicen es “nuestro señor”.

UN PUTO PERDEDOR CRUCIFICADO

Curioso el caso de Jesús.

Si uno lo analiza fríamente a través de sus películas descubre a un pobre hombre rodeado de doce hombres igual de pobres y desquiciados. Es tanto su fatal fatalismo, que incluso exclama en la cruz una de esas frases que cuando intentaba que el cura que nos daba religión me la interpretara no había manera… De hecho, cansado de mi interrogatorio imagino que impertinente, en un acceso de rabia ese mismo cura me condenó al infierno eterno por hacerle, entre otras, preguntas tan molestas como la de “¿pero por qué  dice Jesús lo de Padre, ¿por qué me has abandonado?”

¿Y LOS DOCE?

Para los que, desde ese entonces por razones de sanidad moral procuramos abrazar el paganismo, resulta así muy complicado entender porqué en las películas dedicadas a Jesús casi nunca se desarrollan los caracteres de quienes presumo le conocieron de cerca como fueron los doce apóstoles.

 Bueno, esto no es exacto. Sí que hay dos que juegan un papel casi de co-protagonistas en estas cintas: Pedro y Judas.

Pedro porque se convierte en el padre de la Iglesia pese a que reniegue de su líder espiritual antes de que cante el gallo tres veces y en un bronco acceso de rabia le corte la oreja a un legionario romano.

Y Judas por la ya celebérrima traición y cobrar encima treinta monedas por ello…

Y DE MUJERES ¿QUÉ?

En cuanto a los personajes femeninos sí, ahí está la Virgen María y María Magdalena entre otras. Pero no tienen como sustancia en estas producciones vengan de Hollywood o de la vieja y achacosa Europa.

Martin Scorsese intentó recuperar a la Magdalena en su versión La última tentación de Cristo (basada en una estupenda novela de Nikos Kazantzakis) pero ni con esas…

Y NO NOS OLVIDEMOS DE LOS SECUNDARIOS

Es tanto el fenómeno con Jesucristo que incluso personajes que no tuvieron el gusto de conocerlo salvo cuando las circunstancias así lo marcaron (dicen)  también protagonizaron sus historias particulares de redención cristiana.

Entre otros me refiero a Barrabás, una excelente novela del escritor Pär Lagerkvist que publicó en su día Alianza Editorial y que fue llevada al cine por Richard Fleischer en una de esas películas de romanos de verdad; y Poncio Pilatos, el cónsul romano que abofeteó a Jesús condenado y después se lavó las manos. Mi estimado Fantomas cinematográfico Jean Marais hizo que lo interpretaba en el aburrido filme que dirigió Irving Rapper en 1961 y que tuve la suerte de ver cuando estaba en pie el Cine La Paz. Cine que tantas satisfacciones le regaló a este quien les escribe y que fue de los primeros en la capitá tinerfeña que programó sesiones dobles.

¡¡¡Dos películas al precio de una!!! ¡¡¡Y sin criterio alguno!!!

¡¡¡Veías Jack el destripador de Londres y Poncio Pilatos en una misma tacada!!!!

ESTAS SON LA DE VERDAD DE ROMANOS

Pero les contaba que a mí las que me gustaban eran las de romanos. Se desarrollara la historia en el antiguo Egipto, Mesopotamia,Troya, Grecia, Roma o estuvieran protagonizadas por Maciste, Ursus, Goliath, Sanson y Hércules, entre otros.

A varios de estos campeones los reunieron en ese clásico descacharrante del cine Z que sigue siendo Combate entre gigantes. Cometería una injusticia si olvidara de la lista a Espartaco, pero no la impecable versión cinematográfica firmada por Stanley Kubrick sino los exploitation hispano italianos como El hijo de Espartaco y  Espartaco y los diez gladiadores…

VAMOS A POR EL SOLOMILLO

En cuanto al ¿género o subgénero? de romanos ¡es que hay tantas películas que me han alegrado la vida!

Cito de memora las cristianas La túnica sagrada y Demetrius y los gladiadores, Quo Vadis? y Ben Hur. Y no por cristianas  Cleopatra, Brazo de hierro, La caída del imperio romano, la bíblica Los diez mandamientos, Helena de Troya, Faraón, Jasón y los argonautas, Furia de titanes (cuyo remake se estrena esta misma semana); Ulises, El león de Esparta (obviando 300, of course) y El coloso de Rodas, entre otras tantas y tantas…

No olvido, claro está, series de televisión tan importantes para mi vida como fueron Yo, Claudio y  mucho más recientemente Roma. Y, obviamente, un título que a su pesar inauguró una especie de subgénero en el cine erótico que más tarde degeneraría en pornográfico como es Satiricón de Federico Fellini según los fragmentos del clásico de Petronio.

 A la sombra del filme de Fellini se rodarían más tarde títulos como la sin embargo delirantemente interesante Calígula y la olvidable Mesalina… Y si bien continuaría citando nombres ahora mismo prefiero no recordarlos. Ustedes disculpen.

Y eso era todo.

 ¡Qué cruz!

Saludos, cogido de la mano de Dante mientras paseamos por el infierno, desde este lado del ordenador.

Tentar a la suerte

Domingo, Marzo 28th, 2010

Los que nos iniciamos en esto de la literatura a través del fantástico somos, lo que se dice, bastante abiertos con las antologías. Pudiera ser porque el género se acomoda muy bien al formato del cuento, lo que no hace sencilla la labor de compilarlos para cualquier antólogo que se precie porque exige que conozca a la perfección sus extraños  mecanismos.

Conversando el otro con un amigo salió a colación la extraordinaria antología que Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo dedicaron a la literatura fantástica. Uno de esos libros imprescindibles para iniciados y profanos porque no deja de depararte maravillosas sorpresas a medida que vas devorando sus relatos allí compilados.

Ahora mismo no recuerdo por qué razón la charla que mantuve con este amigo –y que dio tiempo para que tomáramos un café– devino en uno de los temas que, para quien esto les escribe, les resulta más atractivos del género como es el de tentar a la suerte bien cediendo tu alma al diablo o bien adquiriendo un objeto que, presuntamente, te hará feliz la existencia.

Esta especie de compra y venta maléfica arroja en la mayor parte de los cuentos y novelas finales fatales para sus protagonistas, lo que acusa y hace más interesante su lectura aunque intuya como terminará esa historia.

Siendo aún pequeño recuerdo ver en aquella televisión en blanco y negro una tosca adaptación del Diablo en la botella, basada como sabrán en el relato del mismo título de Robert Louis Stevenson que, años más tarde, leí en una selección de cuentos del autor de La isla del tesoro.

Puede que esta historia no les haga estremecer los huesos aunque sí que les dejará huella por el poso que esconde, y que no es otro que el hecho de que la mala fortuna acompañe a su protagonista si no tiene tiempo de desembarazarse de esa botella cuyo precio en el mercado ya no vale nada. Les aseguro que continua siendo uno de los cuentos más terroríficos que he leído en toda mi vida junto a la extraña novela Memorias privadas y confesiones de un pecador justificado, de James Hogg, entre las que ahora mismo se me vienen a la cabeza, así como algunos relatos que Richard Matheson ha dedicado a este mismo asunto. Uno de los cuales inspira una película menor pero no por ello menos interesante titulada La caja (Richard Kelly, 2009).

Mi amigo me dio –con todo el derecho del mundo– un coscorrón en la cabeza mientras apuraba su vaso de agua con gas al recordarme La pata de mono, de W. W. Jacobs, título que quizá inspiró vagamente a Stephen King para la que considero que es una de sus mejores novelas macabras, Cementerio de animales. 

Esa misma tarde, y tras dejar al amigo para que continuara con sus quehaceres, me encontré una antología de relatos del mismo Jacobs en una librería (¿estaría buscándome?) de la capitá; signo que hizo que más tarde, y justo al llegar a casa, abriera la Antología de la literatura fantástica de Borges, Casares y Ocampo para releer La pata de mono, uno de los cuentos más inquietantes de cuantos se han escrito en nombre de la fantasía.

A estas alturas de la vida es raro que una historia para no dormir me quite, precisamente, el sueño, pero confieso que valió la pena volver a sumergirme en ese universo donde los anhelos nunca salen como esperas.

Les contaba todo esto porque siempre he sentido debilidad por el género de lo macabro, y si bien lo tenía últimamente algo arrinconado por otras apetencias, he vuelto a redescubrirlo en unos días como son los actuales donde necesito creer en cualquier cosa.

La fantasía es así. Un vasto territorio donde cabe absolutamente de todo. Y sus pequeñas historias, desde el fascinante terror naturalista de Maupassant hasta esa nueva visión que dicta que todo cuanto vemos puede ser distinto, es abono para que un moralista cristiano que desde tiempos inmemoriales se acostumbró a derrumbar ídolos para levantar otros sobre sus cenizas, acuda una vez más a sus fuentes para beber como un sediento de sus aguas.

Quizá sea, reflexiono ahora, porque por fin ha descubierto que en esta literatura se encuentra probablemente algunos de los más  hermosos cuentos del mundo. Sólo que, como le sucede al protagonista del relato de  Kipling, ¿tendremos la oportunidad de leerlo o será otra apuesta perdida con el diablo que llevamos dentro?

Saludos, tocando madera, desde este lado del ordenador.

Que la cosa funcione…

Sábado, Marzo 27th, 2010

Me siento cómodo en una librería. Son sitios donde puedo perder las horas mirando las novedades y pasando los ojos por la sección de los de bolsillo.

Es tanta mi afición, que ahora más que nunca paso como cinco días por semana en uno de estos establecimientos. Y la mayor parte de las veces sólo para sentirme integrado no con otros curiosos que, como yo, se han acostumbrado a perder el tiempo así ni con los empleados que esperan pacientemente a que compre un libro, sino porque dentro de estos espacios me relajo y soy lo que se dice idiotamente feliz.

 Me gusta leer las contraportadas, la reseña por si la hubiera del autor y oler esos volúmenes como si pretendiera catar el impacto que su lectura podría causar en mis revoltosas ideas.

En ocasiones voy a las librerías a tiro fijo. Con la intención de hacerme con un volumen que llevaba tiempo con la idea de devorar en la acogedora soledad de mi casa. En otras me siento como un cazador que espera con paciencia su próxima pieza. Lentamente exploro los libros con la esperanza de encontrar a uno de esos autores que durante un tiempo se convertirán en referente dentro de mi cabeza. No suele pasar mucho, la verdad, pero cuando se produce esa especie de extraño milagro merece la pena que gran parte de mi vida la haya perdido en estos establecimientos.

Hace unos años descubrí gracias a este método a un escritor británico del que no tenía referencia. Me gustó el título y me gustó la descripción que hacía de su protagonista nada más comenzar la primera página:

“- Eres un buen chico –dijo Dalmire, aceptando gustoso el vaso de ginebra que le tendía Morgan Lefy–. Sí señor.

Este tiparraco me ofrece su camaradería como un regalo, pensó Morgan; parece un perro esperando que le lancen un hueso para salir disparado en su busca; si tuviera cola, estaría moviéndola en este momento.

Morgan sonrió y brindó. Te odio, chulo asqueroso, juró para sí. Eres un mequetrefe, un cataplasma; lo único que has conseguido es arruinar mi vida.”

La novela se titula Un buen hombre en África y está escrita por William Boyd, uno de esos autores que, desde el día en que adquirí este libro, es a los que recurro porque generalmente no suelen fallarme. Y ello pese a que sigo considerando Un buen hombre en África como su  mejor obra. Me hizo reír y me hizo llorar pero sobre todo consiguió que a ratos me identificara con su protagonista: el tal Morgan Lefy, un tipo al que todas las cosas no le pueden ir peor porque resultaría imposible. Un náufrago que pese a todo continúa nadando mientras sus sueños se hacen pedazos.

Boyd cuenta con otra novela con notable sentido del humor pero sin el encanto aniquilador de Un buen hombre en África. Se trata de Barras y estrellas, o la descacharrante historia de un inglés en tierra de salvajes: los Estados Unidos.

Creo que lo que más me atrajo de Boyd fue que a medida que leía sus novelas masticaba como un gourmet sus influencias. Unos dices que hay que buscarlas en Graham Greene pero yo las ubico más en mi también admirado Evelyn Waugh, ese caballero que tan bien supo contar –y con revelador sentido del humor– las miserias de las clases altas británicas.

William Boyd no es, sin embargo, un escritor estrictamente humorista ya que cuenta con otros títulos conmovedoramente dramáticos. Destacaría así sus excelentes Como nieve al sol, Las aventuras de un hombre cualquiera, Sin respiro, Las últimas confesiones y Armadillo, novelas que sin ser explosivas son de esas que lees con facilidad mientras sus protagonistas penetran en tu vida para que pienses, mientras descansas la lectura, que vives su vida en tu existencia diaria provinciana.

Me quedan otros títulos de Boyd a los que echarle el ojo. El último traducido al castellano es Tormentas cotidianas, pero también están Playa Brazaville y La tarde azul, libros que localicé en su momento aunque los dejé aparcados por aquello de que no es bueno tanto empacho boydiano.

Sin embargo, y cuando me lo dicta el corazón, me alegra el día encontrarme con un nuevo trabajo de este escritor relativamente poco conocido en España.

Será porque cuando una novela me deja tarumba necesito que el autor continúe dejándome tarumba con más títulos. Así, he ido construyendo mi biblioteca a base de escribidores que me dieron en esa parte del alma que reclama sangre cuando la despierto. La lista es larguísima. Y es tan larga porque cuando un escritor me da, busco como un endemoniado el resto de sus obras como si fuera una cuestión de supervivencia.

El primer escritor de lo que califico como llamada de lo salvaje fue Bradbury, después Jim Thompson, David Goodis, Sender, Aub, Fitzgerald, Alfred Bester, Theodore Sturg eon, Arturo Barea, Tomás Salvador, Hemingway, Mauppassant, Chejov, Stevenson, Jack London, Conrad, Kipling, Ambler, Greene, H. G. Wells, Flaubert, Tolstoi, Salinger, Steinbeck, Doss Passos, Faulkner, Graves, Dickens… tantos y tantos que me hacen plantear que no tendré vida suficiente para continuar ampliando horizontes…

En cierta ocasión leí un cuento de fantasmas obstinadamente recomendable para lectores compulsivos y caprichosos como quien les escribe. El espectro protagonista del relato aparecía en la casa para terminar la novela que dejó incompleta cuando la ilustrada señora de la guadaña se lo llevó a ese otro mundo que sospecho que no existe.

Empezaba este post contando que disfruto perder el tiempo en las librerías con la esperanza de encontrar a uno de esos escritores que ilumine un pedazo más de mi existencia… Y si bien cuesta su esfuerzo, la espera suele valer la pena.

Y de eso se trata. De que valga la pena y que la cosa funcione.

Saludos, abiertos hasta el amanecer, desde este lado del ordenador.

La maldición de 'El Quijote'

Miércoles, Marzo 17th, 2010

 quixote.jpg

Esta mañana me dio por hacer una rápida encuesta entre un grupo de amigos lectores. La encuesta consistía en una única pregunta, fácil de responder siempre y cuando se hiciera con sinceridad: ¿Ha leído usted El Quijote?

De los seis amigos a los que les solté la inevitable cuestión creo que cinco me contestaron con el corazón en la mano. No estoy tan seguro de la respuesta que me ofreció el sexto porque es un bromista. Una de esas personas que va por la vida con un optimismo que desarma incluso en las situaciones más desagradables de su existencia. Sólo por eso, considero que lo que me dijo debe darse por válido pese a que todavía me pregunte si fue verdad o simple y llanamente una de sus tradicionales tomaduras de pelo.

Esta encuesta nació a raíz de un post anterior en el que relexionaba del flaco favor que le hicieron a mi espíritu rebelde cuando en su tierna adolescencia le obligaron a leer determinadas novelas. Uno de los encuestados me recriminó de hecho mi obsesivo ataque a los profes y profas que se empeñaron por aquel entonces en que me tragara aquellos títulos que no conservo en mi ya gastada memoria. Quizá tenga razón, pero por carácter siempre he mirado de reojo a quienes intentan imponerme algo sin razonar el por qué debo de hacerlo.

Creo que no soy el único que, pese a ser un idiota y pacífico ciudadano, tiembla cuando pasa por arcos detectores, entrega un billete y enrojece cuando lo pasan por uno de esos dispositivos que salta si es falso o cuando se cruza en la calle con una pareja de policías.

Que sepa, hasta este momento afortunadamente no cuento con ficha policial a no ser que el Estado disponga de un archivo con el quién es quién de todos sus ciudadanos. Por eso no entiendo que este miedo me siga asaltando pese a que crezca y me haga más viejo. Me refiero a la extraña inquietud de enfrentarme ante cualquier tipo de autoridad.

Lo que ya considero como una especie de síndrome debe de tener nombre. Y ese nombre quizá justifique el cañonazo que supuso para mis neuronas cuando descubrí la obra de Franz Kafka. Sí, me refiero a ese mismo escritor al que sólo se le conoce por esa novela corta donde un tipo se despierta una mañana convertido en escarabajo. Aunque en mi imaginario juvenil el nuevo cuerpo transmutado fuera el de una de nuestras tan habituales cucarachas.

Entre los amigos a los que les planteé la pregunta –¿ha leído usted El Quijote?– sólo dos me aseguraron que sí. Y uno de los del sí fue, precisamente, ese amigo que les contaba que ve siempre la botella medio llena. El resto, como quien les escribe, me respondió que lo que conocía de la obra magna de Cervantes era gracias a la serie de dibujos animados que había que tragarse cuando éramos pequeños y se emitía por televisión antes de la película de la tarde; y por los fragmentos que en su época de estudiante les obligaron a que leyeran y comentaran en clase.

No pude reprimir entonces plantear a quienes me confesaron esta laguna en su reconocida cultura como ávidos lectores si habían intentado leerlo después, sin pesadas orientaciones. Y cosa curiosa, tres coincidieron en que trataba de una novela que esperan leer cuando sean ancianos siempre y cuando aún les funcione con corrección la maquinaria de la mente y el cuerpo. Los dos restantes, sin embargo, me indicaron que habían hecho intentos aunque habían desistido nada más empezar En un lugar de La Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme… No manifestaron tampoco mucho interés en leer la obra del que llaman Príncipe de las Letras en los que le queda de vida.

Como no tengo muchas cosas que hacer últimamente y me encantan estas boberías de perder el tiempo y dormir la bendita siesta, me dediqué cuando no estaba puesto en tan sana labor, en navegar por la Internet para descubrir comentarios elogiosos de lectores sobre El Quijote. Muchos porque quieren quitarse ese libro de la cabeza. Casi porque parece que se trata de una obra que sienten como una extraña espina clavada en el alma. Otros porque –dioses– habían llegado a una edad donde el único libro que les reconfortaba intelectualmente era precisamente El Quijote.

Todo esto me hizo reflexionar que hay algo maldito en el que se considera como título mayor en la obra de Miguel de Cervantes. Tan maldito que ilustres cinestas que quedaron cautivados ante su universo descrito fueron incapaces por cuestiones financieras de finalizar los proyectos personales que estaban rodando sobre el caballero de la triste figura. Me refiero a Orson Welles y Terry Gilliam.

Reflexioné así que esta maldición también llega al resto de los que como quien les escribe, y ese grupo de amigos, siente ante esta novela gigantesca de nuestra literatura.

En mi caso, y dispongo de una excelente edición, he fracaso en las tres intentonas en las que me he propuesto sumergirme en su universo. No obstante, escribo que estoy armándome de fuerza para saltar ese obstáculo que aún no me he atrevido a superar en lo que ya considero como una larga y probablemente inquieta carrera como lector.

El Quijote será así la única novela que me llevo en el equipaje de un viaje largo que espero emprender precisamente en abril, mes en el que como todo el mundo sabe se celebra el 23 la Fiesta de eso que todavía llamamos libro. La fecha coincide –¿hay que decirlo?– con el mismo día en que enterraron en Madrid a don Miguel de Cervantes en 1616.

Saludos, más que probable víctima de la maldición de El Quijote, desde este lado del ordenador.