Archive for the ‘Reflexiones’ Category

Demasido ‘Perdidos’

Martes, Mayo 25th, 2010

“No estás al día” me grita un amigo cuando le informo que no pertenezco a los yonquis de la serie Perdidos.

Me echan también a patadas de de foros porque no tengo nada que aportar al polémico final de la serie y para colmo de males soy de los que se encogió de hombros cuando en uno de los capítulos de su sexta temporada apareció sobreimpreso en pantalla El Socorro, Tenerife pese a que a las legiones de seguidores que tiene en esta tierra su sola mención les llegara al corazón. Ya no sé si tanto a los fieles telespectadores de la isla que tenemos justo delante de las narices.

Admito, no obstante, que me pasé gran parte del día de hoy llamando a colegas iniciados en los secretos de Perdidos para que me aclarasen el puto final de una serie que tiene tantos adeptos. Y ninguno de los encuestados –padres y madres sensatos– supieron aclararme las cosas y mucho menos qué fue lo que les picó con este folletín del siglo XXI. Llegué así a la conclusión de que estaban un poco más perdidos que quien les escribe. Y no sólo porque la mayoría dice sentirse defraudado con un the end que no termina por asimilar en sus tripas.

Busqué en Internet y comprobé asustado que en vez de resolverse mis dudas –alimentadas, lo juro, por un interés meramente sociológico– éstas se han multiplicado por mil.

El consenso general es, no obstante, el de franca decepción. Tanta decepción como la que siente la hinchada cuando pierde su equipo de fútbol. O como cuando los que pedimos imaginación se nos presenta un “austero” programa para la XXII Feria del Libro de Santa Cruz de Tenerife. O cuando te criminalizan por no haberte quedado mesmerizado con esa cosa que llaman corto canario y responde al nombre de Benlaglos.

Reconozco que recabando información entre los fieles del culto Perdidos me he sentido como un ateo dentro del Vaticano. O una especie de unamoniano San Manuel bueno, mártir intentando repartir una fe en la que no creo entre sus feligreses.

Una de las ovejas del rebaño concluye mientras me mira de reojo porque no pertenezco a su ejército de muyaidines que, pese a todo, “la serie me ha ofrecido a lo largo de estos seis años excelente entretenimiento”.

Y ahí está la clave: “entretenimiento”. Un entretenimiento en el que dejé de creer cuando se inició su segunda temporada.

Pienso que debe ser porque soy de esas personas que desde pequeño detestó los puñeteros continuará… O esa fórmula de folletín con la cual enganchar al prójimo.

A mi me aburre. Ya me pasó con Twin Peaks. Y desde ese día, como Simon Wisenthal, clamo justicia, no venganza.

Saludos, desde unas islas en verdad muy, pero que muy perdidas, desde este lado del ordenador.

Historia de una momia guanche (en cinco partes)

Sábado, Mayo 22nd, 2010

CAPÍTULO I. EL VIAJE

La azafata le preguntó a la momia guanche que regresaba a Tenerife si quería tomar algo. El funcionario del Gobierno canario que iba sentado a su lado le ordenó que un café.

- Está muy cansada.- le dijo a modo de excusa a la azafata.

La azafata le contestó con una amplia y ensayada sonrisa y se alejó por el pasillo del avión fletado por Binter meneando las caderas. El funcionario miró a la momia y le cogió su arrugada mano de momia.

- Será un largo viaje…

La azafata dejó una taza de plástico con humeante café en la mesita de la momia.

- Ahora pondremos un corto canario para que el viaje se les haga menos cansado.- les informó con la misma sonrisa.

- ¿Qué película?.- preguntó el funcionario.

- Un corto canario.

- ¿Un corto para un viaje de más de dos horas?

- Sí. Pero no se preocupen: “garantizamos que se quedarán dormidos nada más comience”.

- ¿Se puede saber de que va?

- Pues no.

- ¿Por qué no?

- Pues porque cuando lo veo siempre me quedo dormida.

- Ahhh. ¿Y cómo se llama?

- Algo así como Benlaglos.

- ¿Y eso que es?

- Un corto.

- ¿Un corto?

- Un corto canario.

- Ahhh.

La momia estaba tomando su café con desagrado.

- ¿Le gusta?, ¿quiere más azúcar?

La momia negó con la cabeza. El funcionario se preguntó en qué demonios estaría pensando la momia si pensaba algo.

- Ahora ponen el corto.- les avisó la azafata.

La momia que no sabía lo que era una película asintió en silencio. Su cabeza la tenía puesta en Madrid. Demasiado tiempo en Madrid, descansando en esa cómoda urna de cristal…

Empezó la película.

El arqueólogo llamó a la azafata.

- Esta película no hay quien la entienda…

- Relájase.- le dijo la azafata con otra sonrisa.

- Ya, si estoy relajado pero es que… zzzzzzzz.

La momia también se quedó dormida.

CAPÍTULO II. LLEGAN A ¿CASA?

La voz del comandante sonando por la megafonía despertó a la momia y al funcionario.

- Dentro de media hora aterrizaremos en el aeropuerto de Los Rodeos. El tiempo es bueno.- decía la voz metálica del comandante. A la momia le hizo gracia cómo pronunciaba las z. Sonaban a s. Llevaba mucho tiempo en Madrid.

El avión tomó tierra, recorrió la pista y se detuvo. El funcionario se quitó el cinto cuando las luces le indicaron que podía hacerlo y animó a la momia a que hiciera lo mismo.

- Se hace así…- Le indicó.

A la momia le gustó el clic.

Abrieron la puerta del avión y el funcionario condujo del brazo a la momia que apenas podía caminar.

CAPÍTULO III. ¿EN CASA?

La luz del sol deslumbró los ojos vacíos de la momia que instintivamente se llevó la mano para protegerlos de aquella insólita luminosidad.

- ¡Bievenido a su tierra!.- exclamó un señor que, le informó el funcionario se trataba del presidente del Gobierno de Canarias, Paulino Rivero. Esa cosa se acercó a ellos con los brazos abierto cuando descendían las escaleras. Una nube de fotógrafos iba detrás del presidente, disparando sus cámaras. La momia olió el aire, pero sólo le llegó el inquietante aroma de la gasolina.

El tal Rivero la estrujaba ahora sin dejar de mirar a las cámaras con una ancha sonrisa. Estaba soltando un discurso: “hemos recuperado otra momia guanche. Vuelve a casa para quedarse definitivamente en casa…”

“… Casa”, pensó la momia en su agujereado cerebro de momia.

Tras los discursos y estrechar manos a gente que no conocía, la momia notó en falta la tranquilidad de su urna madrileña. El funcionario hablaba con la consejera de Educación, una tal Milagros Luis, una chica pizpireta que daba saltitos sobre la pista y se llevaba las manos al corazón.

La momia se sentía mareada y terriblemente cansada. Vio entonces como un hombrecito gordo a quien llamaban Domingo Berriel se acercaba velozmente al presidente y le susurraba algo al oído. La expresión de falsa satisfacción de Paulino Rivero se truncó en una sincera mueca de fastidio. Cogió por el cogote al funcionario y le transmitió algo pegando sus labios a su oreja. El funcionario se puso firme y tan pálido –pensó la momia– como ese celador del Museo de Madrid donde hasta ayer mismo descansaba plácidamente.

Dejó de mirar cuando un hombrecito gordo y jovial le estrechó su manita de momia.

- Es un honor conocerla.- le decía aquel hombrecito. Detrás de él y en una larguísima fila india se encontraba el presidente del Cabildo de Tenerife, con su calva ardiendo bajo los rayos del sol; el consejero de Turismo del Cabildo de Tenerife, un enanito; y también un tipo con gafitas que no paraba de moverse en la fila y que decía llamarse Cristóbal de la Rosa…

- Soy Cristóbal de la Rooosaaa.- gritaba.

- My name is Alberto Delgado, viceconsejero de Cultura. Si necesita algo no dude en llamarme. Igual podemos encontrarle algo en el programa Septenio. Usted me entiende ¿verdad? Tome, tome mi tarjeta…

La momia cogió la tarjeta y se la llevó a la boca. El viceconsejero de Cultura puso los ojos en blanco. La momia la masticó con los pocos dientes que le quedaban. Intentó sonreírle en señal de agradecimiento.

CAPÍTULO IV. PERO ¿QUÉ PASA?

Poco a poco se fueron haciendo paso entre el gentío seis agentes de la policía autonómica. A un gesto de uno con cara de Drácula y que llamaban José Miguel Ruano, se dirigieron a la momia sacándola del gentío.

Mientras la arrastraban por el aeropuerto oyó que el presidente del Gobierno canario exclamaba compungido: “Queridos amigos, creo que hubo un lamentable error…”

CAPÍTULO V. ARDE, MOMIA, ARDE

La momia vio como uno de los policías abría la puerta del horno. Contempló las llamas con cierta sorpresa. Siempre le había fascinado el fuego aunque hacía tanto tiempo que no sentía su poder…

El que se llamaba Berriel se acercó a su lado con una forzada sonrisa dibujada en los labios.

- Mucho me temo que tendrá que meterse dentro.- le informó bajando la cabeza y señalándole el horno.

La momia intentó encogerse de hombros.

-Yo, bueno, ya sabe… no está dentro del dichoso catálogo….- le dijo Berriel con ganas de que acabara la cosa.

La momia ensayaba tirarse de cabeza dentro de las llamas.

- Y es que hay que hacerlo todo dentro de nuestro orden. O se está no se está dentro de nuestro orden. Digo, dentro de un orden. Y usted… usted…- seguía hablando Berriel.

La momia se sumergió en el fuego.

No entendía nada pero para lo que había visto… Mejor era dejarse consumir entre las llamas. No obstante, se preguntó mientras se deshacía en cenizas sí todo aquello sería verdad u otro de aquellos extraños sueños que tenía últimamente en Madrid.

Nunca lo supo y nosotros, lamento decirlo, tampoco.

Saludos, reclamando fe, desde este lado del ordenador.

La mejor aventura

Domingo, Mayo 16th, 2010

No recuerdo muy bien la aventura que fue aprender a leer. Sí que está grabado al rojo vivo en el disco duro de mi memoria cuando di mis primeros pasos y cuando me arrojaron como un saco de papas a la piscina “para que el niño sepa nadar”.

Esas dos sensaciones: la de dar los primeros pasos y caer continuamente al suelo así como la de mover desesperado los brazos en el líquido elemento con la esperanza instintiva de que era la única manera de mantenerme a flote mientras en la superficie se moría de la risa aquel monitor sacado de las SS, me marcaron para los restos.

Sin embargo, y oculto por una bruma, sólo conservo flash back de cuando me iniciaba en el arte de aprender a leer y escribir. Debe ser cosa, supongo, de que ante los chichones que me hice en la cabeza cuando decidí dejar de gatear y el agua que tragué al dar mis primeras brazadas no supuso lo que se dice un gran esfuerzo intelectual sino de supervivencia.

Esta mañana, tras hacer limpieza en casa, me encontré con uno de los cuadernos donde comencé con mis primeras letras y me asaltaron algunos recuerdos, insisto que difusos y desdibujados en la memoria. Así que me planteé lo que tuvo que significar (al igual que al resto de compañeros con los que compartí pupitre en aquel viejo colegio lagunero) aprender las primeras letras.

O que la A es la A. Y la B es la B. O que había mayúscula y minúscula así como algo que se llamaba alfabeto entre otras herramientas que te van metiendo en la cabeza para que al final descubras que combinándolas tú también puedes tener acceso a la revelación.

Mi afición a los libros y a leerlos se la debo sobre todo a mi familia, que siempre estuvo rodeada de tan entrañables amigos, así como a la primera profesora que me enseñó el milagro de entender las letras que disciplinadamente escribía en la pizarra. Si como comentaba más arriba hay como una extraña nebulosa de olvido de aquellos tiempos no sé si más felices que los actuales pero seguro que sí más inocentes, conservo –probablemente amplificado por el paso del tiempo y sin la épica con que ahora lo describo– relativamente vívido el instante en el que pude ser capaz de escribir en el cuaderno mi primeras palabras tras dejar  de ensayar con las letras que dibujaba con gran esfuerzo: “Mi mamá me mima”.

Les contaba que aún conservo ese cuaderno, y que fue descubrirlo hoy y leer “mi mamá me mima” escrito por la mano de un niño en el que ahora apenas me reconozco, para que mis ojos se anegaran de lágrimas. El estupor, la conmoción todavía me acompaña mientras pretendo describir tan extraño momento.

Me sentí en un conmovedor estado de gracia porque de alguna manera me acerqué a ese niño que fui. 

Me pregunté, no obstante y mientras ojeaba ese viejo cuaderno en el que las primeras letras están escritas con lápices de colores, ¿supuso un gran sacrificio aprender a escribirlas? Y la verdad, no me acuerdo. Y si no me acuerdo como sí me acuerdo de las repetidas caídas cuando comenzaba a caminar o aprendí a nadar, es que no tuvo que ser un sacrificio doloroso. Y si no fue un sacrificio doloroso concluyo que aquella profesora sin rostro que tanto se esforzó en que aprendiéramos a leer y a escribir lo tuvo que hacer muy bien para mostrarme el camino correcto.

En mi caso la letra entró afortunadamente sin sangre. Razón de más para que me guste tanto leer y, ocasionalmente, escribir.

Sobre esta misma cuestión reflexionó el gran escritor norteamericano John Steinbeck en la introducción de su imprescindible Los hechos del rey Arturo y sus nobles caballeros. El texto (y la novela) no tiene desperdicio como casi todo lo que escribió el autor de La fuerza bruta o Tortilla Flat: “Hay muchas personas que olvidan, cuando crecen, lo mucho que les costó aprender a leer. Quizá se trate del mayor esfuerzo emprendido por un ser humano y debe afrontarlo cuando niño. Un adulto rara vez sale triunfante de esa empresa, la de reducir la experiencia a un orbe de símbolos. Los seres humanos han existido durante casi mil millares de años, y sólo han aprendido esta artimaña –este prodigio– en los diez últimos millares de los mil millares.”

Saludos, guardando como oro en paño mis dispersos pero tan felices recuerdos, desde este lado del ordenador.

Una ‘revelación mesmérica’

Martes, Mayo 11th, 2010

Magnífico artículo (claro que ¿cuál de sus artículos no es magnífico?) el que firma hoy Fernando Savater en El País. Anímense y pinchen el enlace. No hace falta ser muy listo y hasta parece que uno se hace más listo leyéndolo.

Una vez digerido, debo confesar que a mi me dio la risa. Una risa amarga, eso sí, pero risa al fin y al cabo. A medida que lo iba asimilando bastó que cambiara donde escribe “vasco” por “canario” para que el demonio de la perversidad me tocara una vez más el corazón delator que tengo.

Leer cosas así se agradecen, sobre todo porque uno deja de tenerle tanto respeto al maellstrom que unos y otros están empeñados que nos arrastre. 

Saludos, sin máscara de muerte roja que valga, desde este lado del ordenador.

Mi niño…

Lunes, Mayo 3rd, 2010

Entre los muchos tópicos que caracterizan a los habitantes de estas ínsulas infernales hay un puñado que no falla en cualquier conversación que se precie. Entre otras la hartamente socorrida: “No puedo vivir en un sitio que no tenga mar”. En cuanto a nuestra peculiar forma de hablar, que ignora porque no les suena ni las c ni las z, he tenido que sufrir a lo largo de mi existencia una broma que ya se ha convertido en un pequeño clásico con amigos y conocidos peninsulares a quienes además de hacerle gracia como pronuncio las c y las z, se parten de la risa cuando de mi boca suena cualquier palabra con ch.

Una de las mentiras que nos hemos fabricado los habitantes de estas islas es que nuestra forma de hablar resulta cariñosa y dulce. Pienso que ello se debe a que hay mucho y mucha imbécil que salpica sus frases con la coletilla de “mi niño” independientemente de la edad de su interlocutor o interlocutora. A mi, sinceramente, siempre me ha parecido una falta de respeto al prójimo. En especial cuando quien la dice tiene la mitad de edad de quien la recibe.

El otro día, por ejemplo, una dependienta de apenas unos pocos veintitantos años se la soltó a quien podría ser su abuelo sin serlo. El buen hombre, un canario viejo, le respondió con rancia elegancia algo así como un “m’hija, tengo 72 años de edad. Un respetito”. Y es que entre los que no podemos vivir en un sitio donde no haya mar y los carnavales son la mejor fiesta del mundo mundial, esto del diminutivo es otra constante con la cual nos enfrentamos a los demás. Es decir, que aquí no se dice habitualmente “tengo dinero” sino “tengo un dinerito”. O mi abuelito, mi nietecito, mi cochito, mi casita, mi gatito… cosas de esas.

El jueves pasado me llamó al móvil una conocida presentadora de un programa de radio tinerfeño para pedirme el número de teléfono de un amigo. La chica en cuestión hablaba y hablaba hasta por los codos, que es lo que hace toda esa gente que no tiene nada que decir para dárselas de importante. Como me cogió muy de mañana y cabreado porque empieza un nuevo día en el que probablemente volveré a ver crecer las musarañas, entre disparate y disparate la mujer añadía lo de “mi niño por aquí” o “mi niño por allá” hasta hartarme. Y escribo lo de hartarme porque esa forma cariñosa que empleaba no estaba dicha de forma cariñosa sino molesta y por lo tanto irritante.

Claro que ¿qué puede uno hacer en estas circunstancias sino la de encogerse de hombros y esperar a que cierre su puta boca? Educado que debe ser uno.

Cuento todo esto porque últimamente tengo la sensación de que esta forma tan poco amable de comunicar se ha instalado cómodamente en quienes llevan la gestión de nuestra cosa pública. Es probable que unos y unas piensan que expresándose de esta manera reducen la frustración del oyente cuando le informan: “mi niño, no nos interesa tu proyecto. Ahí tiene la calle.  No moleste más…”

Así que concluyo que esta confianza tiene su fondo tragicómico. Me imagino a  un pelotón de fusilamiento donde el oficial le anuncia al sentenciado: “Mi niño, ¿quiere usted que le pongamos una venda en los ojos?”

Claro que viviendo en una tierra donde cuesta un riñón dar los buenos días y las gracias pero no tildar de mi niño a cualquiera, la cosa podría ser peor por si no lo es ya.

En fin.

He dicho.

Saludos, respirando, desde este lado del ordenador.

¡Ahhh con esas notas a pie de página!

Lunes, Abril 26th, 2010

Soy partidario de las notas a pie de páginas en todas aquellas novelas que por una u otra razón caen en mis manos. Ya no lo soy tanto cuando esas mismas notas se multiplican página por página sin dejarte respiro para que te concentres como debes en la historia que esa novela te está procurando contar.

Me pongo a pensar estas cosas porque estoy en este mismo momento disfrutando de una excelente novela de Evelyn Waugh Hombre en armas, editada en castellano por Cátedra en su olección Letras Universales.

Cátedra es una editorial por la que guardo mucho aprecio pese a que sea consciente cuando me procuro algunos de sus títulos que se tratan de ediciones cuidadísimas y muy académicas.

Digo esto porque la primera entrega que ha publicado de la trilogía Espada de honor y que su autor dedicó a sus experiencias durante la II Guerra Mundial está copisamente plagada de notas que me obligan a detenerme en un párrafo para leer a pie de página esa llamada de atención sobre determinado organismo, circunstancias o frase que, si bien en la mayor parte de las ocasiones sirve para que como lector adquiera un mayor conocimiento sobre lo escrito en otras me resultan algo absurdas.

Es probable, no obstante, que haya llegado a esta conclusión –que me parezcan absurdas– porque estoy interpretando estas informaciones adicionales como esas píldoras publicitarias que interrumpen el buen discurrir de una película cuando la ves en alguna de esas televisiones privadas donde el cine es sinónimo de coito interruptus al ser lastrado sin sonrojo alguno con el fin de emitir incómodos spots publicitarios.

Y ello me encanalla pese a que sea consciente en el caso de Hombre en armas del magnífico trabajo realizado por  Carlos Villar Flor, autor del excelente prólogo y las mencionadas notas a pie de página del libro al que aludo.

Al final, y para sumergirme en cuerpo y alma en la novela de Waugh he tomado la decisión de no leerlas todas. Algunas por obvias y otras porque no despiertan mi curiosidad lectora, más preocupada la verdad por continuar una narración donde se describe con fina ironía británica el proceso de transformación de un joven de clase alta y de confesión católica en el universo de la milicia al estallar el conflicto bélico en el que transcurre la acción.

Que conste en acta, no obstante, que no estoy en contra de estas notas, pero sí, señor juez, cuando no dejan respiro a un sencillo lector que sólo busca en una novela una corriente de aire fresco que clarifique sus habituales confusiones.

Saludos, algo más tranquilo, desde este lado del ordenador.