Archive for the ‘Reflexiones’ Category

Un domingo ¿pop?

Domingo, Abril 18th, 2010

Paseo por la rambla y me encuentro a un tipo sentado y en chándal que lee La invención de Morel de Adolfo Bioy Casares. De un edificio próximo caen globos de todos los colores como si llovieran del cielo y sacudo la cabeza  porque estas revelaciones alegran un poco esta tarde de domingo.

Domingo. Probablemente el día más triste de la semana.

Hoy encontré en el Rastro dos pequeñas sorpresas: El comisario rojo, de Jaroslav Hasek, un libro que llevaba rastreando lo que ahora me parecen siglos; y el cuento infantil de Ian Fleming, Chitty Chitty Bang Bang, del que se rodó una comedia musical que se convirtió para uno de mis hermanos y para quien escribe en uno de esos títulos que no había que perderse pese a que un domingo tras otro se proyectara en cualquier sesión de cine a las 4. 

Buceando en el rastro me hago también con dos novelitas de Bob Morane, personaje creado por Henri Vernes y que es una especie de súper agente franco belga al que primero conocí en cómic. También me llevo ese gran folletín de capa y espada en el que siempre quise sumergirme: El jorobado, de Paul Féval; así como Historia de una prostituta vienesa, de Josefine Mutzenbacher, biografía de una señora de vida alegre a finales del siglo XIX editada en su día por La sonrisa vertical de Tusquets Editores. ¡Aquella gran colección de historias subidas de tono que, bajo la coordinación de Luis García Berlanga, editó en español tantos y tantos relatos para leer con una sola mano!

Todavía conservo Gamiani, atribuida al escritor romántico francés Alfred de Musset,Grushenka, tres veces mujer y las Memorias de una cantante alemana como libros de cabecera.

¿Que por qué cuento todo esto?

Porque me encanta, disfruto, leyendo libros usados.

O novelas que parecen que han sido rotas al pasar antes por otros lectores. ¿Cuántos? Yo qué sé.

Es esa extraña fascinación que me atrapa cuando tropiezo con párrafos subrayados a lápiz, algo borrosos pero que han dejado huella en el relieve de la hoja. O de esa flor muerta que un cursi usó como marcador o de las fotografías que su antiguo poseedor olvidó y que revela personas de las que no sabes nada pero imaginas sus historias.

Estas y otras son las tonterías que me regala el libro usado. Y cuando escribo usado me refiero a usado de verdad. Que se note que ha sido leído endomoniado.

Ya lo dije: tonterías. Tonterías por un libro lleno de arrugas al que el paso del tiempo amarillea.

Así que he llegado a una siniestra conclusión esta tarde noche de domingo: ¿Vale la pena?

Saludos, tirando el I-Ching, desde este lado del ordenador.

Amor. Odio. Amor. Odio. Amor. Odio.

Jueves, Abril 15th, 2010

La diosa Fortuna juega contigo. No sé si llego a esta conclusión demasiado tarde o temprano.

Tiro los naipes sobre la mesa y procuro mirar a la Fortuna a a los ojos. Claro que está tan endiosada que intuyo que no quiere tropezar sus ojos con los míos. De hecho, hace un gesto para que siga la partida.

Miro mis cartas y compruebo que cada vez me quedan menos. Alguien me aconseja que juegue con la cabeza y no con el corazón. Me recomienda también al oido que vuelva a ver ese pequeño clásico que es El rey del juego…  pero no sé, cuando me entra el gusano del descarte tiro unas y pido otras confiando en mi buena estrella.

Es probable, no obstante, que mi buena estrella se haya cogido unas merecidísimas vacaciones. El problema, meditas, es que no te avisó de forma pertinente. Así que continúas apostando. Igual de borracho que el protagonista de la novela El jugador de gran Dostoievski.

¿Por qué les cuento todo esto?

Porque leo un libro en el que tenía depositado un puñado de esperanza. Sentimiento que  no puedo despilfarrar en estos días de la ira en el que nos encontramos.

Así que a medida que me sumerjo en su universo no deja de asaltarme la idea de que igual me equivoqué de jugada.

Lo curioso es que cuando me viene esa idea la cabeza otra voz me dicta lo contrario. Y me dice: has hecho lo correcto. O merece la pena porque las páginas del libro penetran en tu confusa alma de jugador compulsivo con las letras.

Y este debate, por extraño que parezca, me hace coger esa novela una y otra vez con una sensación de hastío que desaparece y reaparece a medida que avanzo en su lectura.

Intento limpiarme de la cabeza los prejuicios con que cogí ante este volumen y borrar piadosamente el filme que le rinde tan emocionado homenaje.

 Se trata, como ya expliqué en esta misma bitácora, de una de esas películas que descubrí metiéndome en la sala esperando cualquier cosa menos una revelación.

Y tuve revelación.

Léolo.

Luego sus ecos me animaron a hacerme con la novela a la que saluda emocionada esta película pese a que no tiene (en apariencia)  nada que ver con el material literario que me desequilibra, me pone nervioso.

Un rompecabezas el libro de sentimientos hostiles que ora me capta como ora rechazo.

Buceo inquieto en sus páginas. Y doy brazadas con la sensación de que no soy capaz de reunir suficiente oxígeno en mis pulmones para atreverme a hundirme en el mundo que plantea sus abisales profundidades. 

¡No soy Esther Williams!

Se trata de aguas estancadas. Que descolocan y que hacen necesario que salgas a la superficie para coger aire.

Nado encanallado y con ganas de mandar a paseo ese universo que se confunde bajo el agua turbia.

Me refiero, profanos, a El valle de los avasallados, de Réjean Ducharme, título que unos comparan estilísticamente con el Viaje al fin de la noche del maestro Céline.

Y no van tan descaminados.

Esta revelación es lo que me empuja a seguir investigando en el relato de Ducharme. Relato que a veces me vence con sus desarmantes reflexiones y otras me dan ganas de tirarlo a la basura.

Al final triunfa la pasión.  Por eso, confieso, no puedo sustraerme al malsano hechizo de El valle de los avasallados.

Ahora bien, advierto que cuando leo la novela pienso que su autor me está tomando el pelo aunque me habla tan directo que siento sus palabras clavadas en la cabeza. Soy consciente así que, pese a mi sospecha y natural recelo, me obsesione con su lectura.

Concluyo: hacía tiempo que un libro no provocaba esta marejada de contradicciones en mi cabeza.

Lees y lees.

Lees con ganas de quemar el dichoso libro y sigues leyendo y quieres hacerle al mismo tiempo un glorioso monumento. Y continuas leyendo y estás en un tris de tirarlo a la hoguera pero algo te detiene porque te toca el alma.

Y entonces te confundes. Y odias a su autor porque sabes que está igual de conscientemente confuso que tú. Y lo amas y odia.

Así que a punto de finalizar el relato meditas.

Y sabes, porque lo sabes, que se trata de una gran novela.

Y no, no es El viaje al fin de la noche… pero sí el viaje al fin de la infancia.

Y comprende que  maldita la hora en que te diste cuenta.

Saludos, ¡caca de vaca!, desde este lado del ordenador.

La mueca perfecta, tormenta perfecta

Lunes, Abril 12th, 2010

El sábado pasado, mientras casi todo el mundo veía el apasionante partido entre el Real Madrid y el Barcelona, este que les escribe perdía el tiempo en su casa navegando por la red buscando cosas graciosas.

Un inciso: quien les escribe dejó de apasionarse por el apasionante universo del balompié cuando descubrió siendo todavía un renacuajo que era de los que pertenecía al batallón que escogían siempre al final cuando en los recreos de clase se organizaban espontáneos equipos para pasar el tiempo.

Si añadimos a esta humillación adolescente que le sugirieran los compañeros del mismo equipo que jugara de guardameta o defensa, resulta obvio que desde muy pronto se desinteresara por el deporte rey.

No obstante, tengo a veces la sensación de que debo pedir disculpas por ello. Por mi justificado desinterés por la cosa futbolística.

Con el paso de los años, afortunadamente, encontré numerosos amigos que siendo verdaderos aficionados al fútbol asumieron con resignación esta completa indiferencia ante tan olímpico asunto. Claro que son personas que admiten que se me suban los colores a los mofletes por otras naderías igual de penosamente apasionantes que las de correr detrás de una pelota.

Por ejemplo, entre otras aficiones populares que no provocan alteraciones en mi gastadísimo sistema nervioso se encuentra los que practican eso que llaman monólogos de humor quizá porque soy de esas personas a los que maldita la gracia le hace que un tío le cuente historietas que presuntamente fueron diseñadas para que se riera con ellas.

Vale, escucho con atención cuando el gracioso de turno narra un chiste en una comida entre amigos pero soy de esa clase de personas que suele reírse varios minutos después porque todavía intenta asimilar la gracia que tiene en su cabeza. Supongo, no obstante, que existe más gente que sufre este mismo síntoma. 

Ha llegado a obsesionarme tanto este fenómeno que durante un tiempo busqué alguna solución científica sobre lo que pensaba era un problema mayúsculo.

Me leí de cabo a rabo el ensayo La risa, de Henri Bergson, con el objetivo de encontrar un antídoto pero me quedé con las ganas al llegar a la conclusión de que no se puede racionalizar lo que no es razonable.

Cuento todo esto porque para mi sorpresa de hombre al que parecen que quieren asustar las 24 horas del día los demonios que callejean en mi triste capital de provincias, me topé el otro día con dos piezas humorísticas que al final han logrado lo que parecía inimaginable. 

Pasen y vean. O accedan a estas piezas en el blog que firma el cineasta Nacho Vigalondo en la edición digital de El País. Su título: El monologuista mierder. O la soledad del gracioso ante el peligro de que nadie se ría de sus puñeteras gracias.

Fue ver las dos entregas y sentir en mi cabeza esa bala de diamante que le revelaba el bueno de Kurtz a Willard en Apocalypse Now. Vi  la luz y al ver la luz descubrí al mismo tiempo el horror, el horror…

Ya me cuentan.

¡Y cuídense!

(*) La imagen que apoya este comentario corresponde a El resplandor. Era inevitable. La mueca de Jack Nicholson es la de una tormenta perfecta.

Saludos, no sé si iluminados, desde este lado del ordenador.

Esas inquietantes reflexiones que me asaltan cuando viajo en el tranvía…

Miércoles, Abril 7th, 2010

*) Por la prensa escrita me hago una idea del espectáculo que se produjo ayer en la rueda de prensa de Slava’s Snowshow. Parece que se hizo mucho el payaso y que muchos de estos payasos iban sin maquillaje, ni pelucas ni narizotas de goma. En la mesa estaban además de los artistas de la risa, nuestro viceconsejero de la cosa Cultural, Alberto Delgado, y el director de programación del Auditorio, José Luis Rivero. Falló a la cita Cristóbal de la Rosa, que para estas cosas tiene un olfato que no veas…

La crónica de El Día da unas pinceladas del acto dedicado a los chicos de la prensa e incluye en su edición de papel una buena secuencia fotográfica del desmadre que padeció (con notable sentido del humor) Alberto Delgado. Es una pena, no obstante, que no estuviera el ausente, a quien podrían haber disfrazado de clown.

Yo me lo imagino maquillado y con peluca colorada y ¡zas! se me viene a la memoria Pennywise, o el Eso de la novela Eso (It) de Stephen King.

*) La Fundación Pedro García Cabrera tuvo hoy la generosidad de invitarme a participar en una mesa redonda para que hablara de mi experiencia bloggera. Recién llegado a casa les escribo brevemente sobre lo que me ha parecido participar en este foro compartiendo protagonismo con el responsable del suplemento cultural Pleamar de Canarias 7: muy interesante. Se habló de casi todo. De medios en las islas, prensa cultural, periodismo, creación, Internet y blogs, entre otros temas. Lo mejor vino, sin embargo, con el tradicional turno de preguntas, algunas de ellas con sana voluntad destripadora. 

*) La verdad es que no entiendo esa manía que nos entra por vaticinar catastróficas desgracias. Leo y releo las notas que se han publicado en torno al frustrado concierto de Whitney Houston en París y en casi todas estas noticias no se sugiere pero se entiende que, probablemente, la cantante y ocasional actriz terminará por suspender su directo en Tenerife.

No soy seguidor de la Houston. De hecho me enteré que existía en el mundo del espectáculo a raíz de su actuación en el filme El guardaespaldas, una película estimable para quien les escribe. Así que si viene la Houston no iré al concierto. Esto no quita que me irrite que los visionarios parezcan frotarse las manos esperando que la cantante acabe también por borrar de su gira el nombre de esta isla por sus más que publicitado mal estado de salud.

Eso es lo que se explota informativamente hablando de tal señora y no sus cualidades como intérprete. El colmo: veo en uno de estos medios la fotografía de la cantante antes y después de que la depresión arruinará durante un tiempo su carrera. Y esa imagen que me la muestra ora pletórica de vida y ora como un cadáver andante, hace recordar a las fotografías de remedios milagrosos que prometen convertir en cuestión de días a un gordo en un enclenque. Conclusión: me entra escalofríos. 

*) Estos últimos días me he dedicado a revisitar las películas que conforman mi deuvedeteca. Han vuelto a caer Dillinger, de John Milius, una de las mejores películas sobre gángster de los violentos años 20 que se rodaron en los 70 y –cómo no– la imprescindible trilogía de El padrino, de Francis Ford Coppola, entre otras. Se tratan de películas que he visto un millar de veces y que pese a todo me siguen atrapando aunque casi las sepa de memoria.

Con todas ellas siento las mismas emociones que viví la primera vez que las ví aunque de manera diferente, como si tanto los largometrajes como quien les escribe ya no fueran los mismos. Repescando estas cintas que considero clásicas en mi memoria cinéfila me pregunto si merece la pena meterse en el cine para ver lo que ahora mismo se estrena por esta tierra. Últimamente tengo la sensación de que no vale la pena gastarse dinero en una entrada.

No sé –pero tampoco me preocupa– si es una buena idea esto que estoy haciendo, la de volver a ver las películas que me han marcado y no descubrir cosas nuevas, pero es uno de los últimos refugios que me quedan para que siga creyendo en eso de ¡Qué grande es el cine!

Saludos, confesando el miedo que siempre le he tenido a los payasos con o sin maquillaje, desde este lado del ordenador.

Atención, pregunta: ¿Qué piensa hacer Cristóbal de la Rosa con el Teatro Baudet?

Domingo, Abril 4th, 2010

Leo con mucho interés el artículo que publica hoy La Opinión de Tenerife dedicado a uno de esos viejos y olvidados palacios cinematográficos de la capital tinerfeña: el Teatro Baudet. Y lo leo con interés porque el Baudet junto al Price, el Cinema Victoria, La Paz y el Víctor y más tarde también las mini salas Charlot se convirtieron en algo así como los cines de mi barrio. O esos en los que te conocía hasta el acomodador. El acomodador del Baudet, Diego si recuerdo bien su nombre, lo que pongo ahora en duda, era de los pocos que me dejaba colar en las sesiones no aptas para menores porque conocía a mi padre. Eso sí, antes de cortarme  la entrada me rogaba que subiera a la parte de arriba (porque la mayoría de estos cines tenía una parte de arriba) y me ordenaba que cuando se encendieran las luces del descanso (siempre había un descanso a mitad del metraje) me escondiera debajo de la butaca por si había un inspector velando por la corrección de aquella medida fabricada para frustrar a los que, como yo, nos acostumbramos a perder el tiempo en el cine. Gracias a la generosidad de este buen hombre pude ver la que sigo considerando la mejor película de Sam Peckimpah, Quiero la cabeza de Alfredo García, así como la primera parte de El padrino, entre otras.

El artículo de La Opinión de Tenerife no va, afortunadamente, por los derroteros de la nostalgia sino que informa sobre la inactividad de un espacio que tras dejar de ser cine se usó durante un tiempo como sala de bingo y más tarde como salón de fiestas de fin de año. Hoy está cerrado a cal y canto aunque en un extremo de su fachada sobrevive contra viento y marea la librería del Cabildo, la única especializada en vender libros editados en las islas.

Hace años, en el otro extremo del edificio se alojaba el que quizá fuera uno de los bares más legendarios de la capital tinerfeña: el Gran Vía. Escribo lo de legendario porque este establecimiento era de los últimos que cerraban en la siempre desteñida vida nocturna santacrucera. Allí podías tomar la última copa y comer algo si el estómago te lo estaba pidiendo a gritos. Su dueño era don Pedro, un señor con un lejano parecido a Francisco Franco en los años cincuenta. Por esa semejanza, vaga e imprecisa, uno de mis primos popularizó que conociéramos a su bar como el Dragon Rapide, el nombre del aeroplano que trasladó al futuro dictador de Gran Canaria al Marruecos español para que iniciara lo que su servicio de propaganda se empeñó en bautizar como gloriosa cruzada nacional.

Pero les hablaba del interesante artículo que hoy publica La Opinión de Tenerife. Donde además de darse información sobre el antiguo cine (fue inaugurado en 1944 y estuvo ligado a la familia Baudet) y recordar que su arquitecto fue José Enrique Marrero Regalado, el mismo que diseñó el Víctor y el antiguo Cabildo de Tenerife, el periodista se pregunta si esta sala tiene futuro en una ciudad de muertos vivientes como es Santa Cruz de Tenerife.

La pregunta que se plantea no es baladí porque, como destaca la información, el propietario del Teatro Baudet desde 1999 es el Cabildo de Tenerife. Y la verdad es que ha llovido mucho desde ese 1999 a 2010. Once años, calcula el periodista, en el que se ha dejado morir un espacio que en un principio asumió la administración insular para dotarlo de vida (¿?).

Bien de Interés Cultural (BIC), tal ha sido la dejadez del actual responsable de Cultura y Patrimonio del Cabildo tinerfeño, Cristóbal de la Rosa, que las ratas y otras alimañas que probablemente corretean hoy por sus desoladas instalaciones están barajando la posibilidad de erigirle un monumento con la basura que ahí se acumula.

Ocultando sus vergüenzas en el acogedor armario de la crisis, de la Rosa en otro rasgo más de su agudo sentido de la cultura o miente –según interpreto de las conversaciones que según La Opinión reveló Dulce Pérez en su blog y en la que se asegura anunció que “el Gobierno de Canarias tiene nuestra propuesta para la puesta en marcha del Baudet, conjuntamente con el Ayuntamiento y la SGAE”, siendo inmediatamente contradicho por el viceconsejero de Cultura del Ejecutivo autonómico, Alberto Delgado– o sencillamente es un imbécil. O un incapaz que por esos inquietantes caprichos de la política nacionalista canaria continúa ocupando un cargo por el que será recordado mucho me temo más como un hooligan de la cosa cultural que por otra cosa.

El artículo de La Opinión, como la mayoría de los artículos que hablan de las salas de cine que una vez poblaron esta ciudad, me ha hecho viajar en la montaña rusa de la nostalgia y como tal me ha dejado un regusto amargo en las ideas. Por un lado porque sé que no se hara nada. El Baudet continuará cerrado para felicidad de los bichos que han encontrado hogar en sus polvorientos salones. Y por otro porque contando con el perezoso equipo de gestores que tenemos, quizá lo más recomendable sería hacer una pira e invocar a los dioses primigenios para que se llevasen a todos ellos a los territorios de la dimensión desconocida…

Si algo bueno tiene este mal chiste de dejadez, desprecio, soberbia y vanidad con anagrama Rosa, es que esta mañana al pasear frente al cine Víctor descubrí que han cerrado la entrada con una tela marrón y de mala calidad para que no podamos ver el deplorable estado en el que se encuentra el hall desde que el Víctor dejó de funcionar como sala de proyección. Esto me hizo pensar que este improvisado velo podría ser una extraordinaria metáfora para ilustrar cómo se las gastan en estas islas cuando las cosas están muy mal hechas: disimular las vergüenzas con una cortina que, oh fortuna, no es todavía de hierro como –sospecho— algunos de estos desaprensivos intenta que así sea.

En fin.

Saludos, deseándoles buenas noches y buena suerte, desde este lado del ordenador.

Revelamos en rigurosísima exclusiva fragmentos de una obra teatral desconocida y anómima titulada ‘La furia del pobre Zeus’

Jueves, Abril 1st, 2010

NOTA: Hemos tenido acceso a la siguiente obra, muy mediocre y escrita de forma apresurada, gracias a un correo electrónico enviado por una tal Atenea, quien nos dio las indicaciones necesarias para que hallásemos el manuscrito en una ruinosa casa del barrio de Salamanca de la capital tinerfeña. El texto, sin firmar y cuya fecha aparece borrosa, son fragmentos de lo que suponemos es un libro más extenso. Sí tenemos claro su título porque se conserva la primera página: La furia del pobre Zeus.

¿ACTO PRIMERO?

Poseidón y el siempre bromita de Dionisio salen arrastrando a Zeus, el dios de los dioses, del lupanar Afrodita’s. Zeus se hace el remolón mientras suelta atronadores gritos.

POSEIDÓN Y DIONISIO (a la vez): Shhhh, calle usted…

El trío de calaveras se detiene delante de una colosal puerta, y tras dejar en el suelo el cuerpo del dios de los dioses y llamar al timbre, se escabullen en las sombras de la noche. Hera, la mujer de Zeus, abre la puerta.

HERA (furiosa): ¡Otra vez drogándote con tus amigotes!

Zeus levanta la cabeza del suelo y pronuncia palabras ininteligibles, diálogo de borracho y vete a saber si de drogadicto. (DESCONOCEMOS COMO SE DESARROLLA LA ACCIÓN A PARTIR DE ESTE MOMENTO)

EL TEXTO QUE ENCONTRAMOS COMIENZA…

El dios de los dioses está acostado en un lecho cubierto con sábanas de seda. Coge una palangana dorada y vomita. Tras limpiarse los restos de la boca observa a su esposa, que lo mira de pie y con los brazos cruzados.

ZEUS (con voz melosa): Pero mujer si no ha sido nada… Dionisio que se empeñó en que probará un vino…

HERA: Solo un vino… Solo un vino. ¿No serían otras cosas, dios de chiste?

ZEUS: Bueno, bastante vino y otras cosas… Pero no le iba a ser un feo. Dinosio cumplió años. Ayer… ¿por qué fue ayer, verdad?

Hera sacude la cabeza y lo mira echando chispas de fuego por los ojos.

HERA: Llevo dos semanas sin verte la barba por casa.

ZEUS (vomitando y llevándose las manos a la cabeza): Estoy malito… muy malito…

Hera acerca al lecho donde descansa el dios de los dioses una mesa con figurillas de barro. Por señas le indica a Zeus que coja la que señala con sus largos y anillados dedos. Zeus parece no entender nada mientras continúa con las manos en la cabeza.

HERA: ¿Sabes de quién es?

Zeus mira la estatuilla con forma humana del derecho y al revés. Se rasca la frente y se encoge de hombros.

ZEUS (dando un prolongado bostezo): Pues no.

HERA: Ese enano que tienes ahí va presumiendo de ser el responsable de que en el Desierto de las Hespérides se haya rodado el 20 por ciento de la nueva versión de Furia de titanes.

ZEUS (intrigado y sorprendido): ¡Y yo sin enterarme! ¿Y ese enano osa decir que se ha rodado una nueva versión de Furia de titanes? ¿Pero cómo se atreve? ¿Qué insulto es éste?

Hera asiente resignada con la cabeza mientras los colores encienden sus mejillas.

ZEUS (insistiendo): ¿Pero cómo va a ser eso…? ¿Salgo acaso YO en la película?

HERA: Sí, esposo mío, y tienes la apariencia de un tal Liam Nelson.

Al dios de los dioses casi le da un síncope.

ZEUS (con voz nerviosa): ¿Y quién coño es Liam Nelson? YO era  LAURENCE OLIVIER en la antigua versión. Y ese caballero sí que era un dios. ¿Quién demonios es el Neeson?

HERA: Cosas del cine, marido mío. En el residencial Monte Olimpo no se habla de otra cosa.

Zeus sale indignado de la habitación y se mete en lo que debe ser el cuarto de aseo. Se oye un estruendoso chorro.

¿ACTO TERCERO?

ZEUS: ¿Y el enano que tiene que ver en todo esto?

HERA (resignada): Ya te lo dije. Va colgándose medallas de que esa islita que llaman Tenerife suena hoy en todo ese insignificante planeta que llaman Tierra gracias a la dichosa película. Y ha aprovechado el gañán la suerte (o la desgracia, que eso sólo eso lo sabe el pesado por inevitable de Hades) que en una serie de televisión a la que llaman Perdidos se hace mención de la dichosa islita no sé muy bien por qué. Esto me recuerda que tengo que hablar con Hermes porque está el pobre bastante despistado últimamente…

ZEUS (furioso): ¡Qué Poseidón libere al Kraken y aplaste a ese puñetero desierto de las Hespérides!

HERA (más resignada todavía): Descuida, cariño, que de eso ya se encargan quienes presuntamente dirigen esa comunidad autónoma.

ZEUS: ¿Comunidad qué…?

Hera hace un gesto de darlo por imposible.

Y como respuesta Zeus aplasta entre sus gigantescos dedos la estatuilla del enano que tiene entre las manos.  Sacude la arcilla y cabreado lanza varios rayos sobre el planeta Tierra.

Suena el móvil de Zeus.

ZEUS (con acento cubano): Oigo.

DIONISIO (con acento cubano también): Ay, chicooo, no grite así a través del celular.

ZEUS (relajándose mientras se limpia la arcilla de los pliegues de su toga): Aquí hablando de cosas con mi compañera… ¿Y?

DIONISIO (con acento cubano): Asere ¿nos vemos en Afrodita’s esta noche?

ZEUS (mirando a su mujer que le hace un elegante corte de mangas. Pone voz de niño al contestar): Sí, sí… Tengo un montonazo de cosas de la que  hablar: como la de un enano que..

DIONOSIO (con acento cubano muy marcado): Ay, que esa historia ya no las contaste ayer chicooo.

NO HAY MÁS TEXTO. NOS ATREVEMOS POR ESO A ESCRIBIR

CAE EL TELÓN APRESURADAMENTE.

MORALEJA: Quien fuera dios sin necesidad de ser dios de dioses.

Saludos, libando retsina, desde este lado del ordenador.