Archive for Febrero, 2013

Con el miedo en el cuerpo

Viernes, Febrero 8th, 2013

La idea de este post, en un Carnaval marcado por los ecos de la desgracia, me lo sugiere una amiga tras ver Hitchcock, película en la que se cuenta algunas de las interioridades del rodaje de Psicosis y la peculiar relación que a lo largo de su vida mantuvieron don Alfredo y esposa, doña Alma, que en el filme de Sacha Gervasi están interpretados por un caracterizado Anthony Hopkins y una siempre inmensa Helen Mirren.

Mi amiga me comenta nada más salir la película que después de Psicosis ya no fue lo mismo meterse en la ducha. Espacio, el de la ducha, en el que quizá seamos de lo más vulnerables en nuestra propia casa.

O en las ajenas.

A todo ello contribuyó, y así se subraya en Hitchcock, la excelente banda sonora de Bernard Herrmann.

Desde ese entonces, el cine ha imitado hasta la indecencia el brutal asesinato que perpetra Norman Bates. Ese cuchillo que parece se clava en las carnes desnudas de la atractiva Janet Leigh. La sangre que se escurre por el desagüe, las cortinas que saltan de las anillas, el rostro de Leigh que mira a cámara hasta quedar congelado en la imagen.

No resulta gratuito por eso afirmar que, desde ese día, meterse en la ducha ya no fue lo mismo.

De repente, y en un golpe maestro, el orondo maestro del suspense nos invitó a que miráramos a través de la cortina del baño mientras el agua de la alcachofa cae sobre nuestras cabezas…

Curiosamente, y también vinculado al agua, otra película que logró que desde ese entonces meterse en el mar resultara otra cosa fue Tiburón de Steven Spielberg.

La primera vez que vi Tiburón fue en el atestado y ya desaparecido cine Greco de Santa Cruz de Tenerife.

La sala estaba literalmente a reventar, y como a la mayoría me dejó marcado.

Tan marcado que, desde ese entonces, soy bastante reacio a bañarme en alta mar. Me inquieta no saber lo que se mueve bajo mis pies. Siempre pienso que por ahí nada un escualo con la boca abierta dispuesto a sumergirme para siempre en las profundidades del océano.

De hecho, todos los que hemos visto y revisto Tiburón ya no miramos el mar de la misma manera.

Y, oh curiosidad –y en esto coincide con la escena de la ducha de Psicosis– gran parte del efecto que aún continúa conservando se debe a la excelente partitura de John Williams.

La primera vez que vi El exorcista pasé lo que se dice mucho miedo. Miedo del de verdad. Ya lo conté en un post en el que narraba la extraña experiencia que viví al volver a verla tras su reestreno por uno de esos montajes del director…

Concluía en aquella reseña que no sentí lo mismo que la primera vez.

Las razones, objetivamente, es que el público con el que la vi ya estaba curado de aquellos espantos con olor a sacristía.

Que los vómitos de la niña poseída eran recibidos con carcajadas. Y que sus protagonistas, unos sacerdotes torturados a los que les tiembla la fe, producían mucha risa en una audiencia cuyos demonios, debo de confesar, ya no identificaba como míos.

Con todo, cuando me encuentro a oscuras siento viruje, escalofríos, por si aparece por algún lado la cara de la niña con el diablo en el cuerpo.

Es decir, que todavía y a oscuras me da escalofríos que de pronto escuche una voz cavernosa por la que no siento ninguna simpatía.

Hay otras tantas películas que de una u otra forma me metieron el miedo en el cuerpo.

Siento miedo y una extraña y repulsiva fascinación por Saló, los 120 días de Sodoma de Pier Paolo Pasolini.

Hitchcock logró, una vez más, que desde ese momento Los pájaros y yo andemos por caminos distintos; y en las dos primeras películas que sobre muertos vivientes rodó en su momento el mucho me temo que sobrevalorado George C. Romero, descubrí justificado mi espanto a sentirme parte de una masa descerebrada y con un solo objetivo en la cabeza: devorar carne humana.

Quizá eso explique mi temor confeso a distanciarme de fiestas multitudinarias en las que apenas puedo moverme rodeado de cuerpos que piden fiestaaaa mientras intento desesperadamente salir y encontrar un espacio en el que respirar aire fresco entre la marabunta.

Ahora que cito la marabunta, recuerdo cómo desde que descubrí Cuando ruge la marabunta además de caer locamente enamorado de Eleanor Parker dejé de mirar a las hormigas como seres diminutos a los que sin querer aplastamos con la suela del zapato.

No me pasa lo mismo cuando estas criaturas crecen, aunque me encantan películas como Them!, claro está.

El cine de catástrofe que se rodó en los años setenta es culpable también de otros miedos que desde entonces me acompañan.

Es inevitable que cite las películas de la serie Aeropuerto como responsables de la terrorífica sensación que siento cuando subo a un avión.

No me pasa lo mismo con los barcos, ni con aquellas producciones sobre desastres varios que reprodujeron con mayor o peor fortuna terremotos, erupciones volcánicas y otras desgracias naturales con las que pretendían hacernos olvidar la crisis, en aquella década la del petróleo, que parecía augurar la muerte del sistema en el que he aprendido a vivir.

Hay más películas que han despertado mis miedos.

Esos miedos que crees bien escondidos pero que palpitan con la fuerza abrumadora de una depresión porque no has sido capaz de arrancarlos de raíz.

Pienso, lo sé, en Un lugar solitario.

En Día de vino y rosas.

En el puto El apartamento.

Y en El Guateque… Ya ven.

Y lugo pienso en Desaparecido, La lista de Schindler, en El círculo de poder, entre otros títulos que me enseñaron que soy, precisamente, una hormiga a la que el sistema no duda en aplastar porque forma parte de una estadística.

Y una estadística son números, no una persona.

Un eslabón, ya saben, perfectamente prescindible de la cadena.  

Sin embargo, si hay una película que explota mi miedo es La invasión de los ladrones de cuerpos.

Me quedo con la versión de Don Siegel (1) y con la de Philip Kaufman (2) según la novela de Jack Finney.

¿Por qué me sigue despertando los miedos que pienso tengo reprimidos en algún lugar secreto de mi corazón?

Creo que porque a veces tengo la sensación de que ya no soy el mismo.

Y otras porque a veces tengo la sensación que mis amigos y vecinos ya no son los mismos.

NOTAS:

(1) Otra gran película sobre miedos y del mismo Siegel es el western La ciudad sin ley (1969).

(2) La versión de Kaufman circuló en España como La invasión de los ultracuerpos.  

Saludos, Cthulu, Cthulu, desde este lado del ordenador.

Cuentos para ser leídos antes de dormir

Jueves, Febrero 7th, 2013

Jesús Villanueva Jiménez irrumpió en el panorama de la narrativa escrita en y desde Canarias hace dos años con su novela El fuego de bronce, título en el que quiso rendir homenaje a los hombres y mujeres que combatieron en Santa Cruz de Tenerife para defender la plaza del ataque de una escuadra británica los últimos días de julio de 1797.

Novela histórica en la que el autor cuidó hasta el mínimo detalle, y ciñéndose siempre a las fuentes documentales, El fuego de bronce se vendió muy bien aunque no termina del todo de funcionar como vehículo narrativo debido quizá a las ambiciones con las que fue escrita.

De todas formas, el esfuerzo empleado hace loable la tarea por tratarse de un riguroso trabajo histórico que si por algo falla es, precisamente, por su riguroso carácter histórico, que pesa más que la  ficción –no la acción– que el autor describe en la novela.

Jesús Villanueva regresa ahora al territorio literario con otro volumen, Ahora. Poemas sin trampa y relatos para antes de dormir, en el que mezcla poemas e historias cortas que si bien no terminan por encontrar su equilibrio, sí que cuenta con algunos en los que el escritor se revela como un potentísimo narrador en el que encuentro ecos, incluso, de ese gran cuentista norteamericano que fue O’Henry.

Ahora. Poemas sin trampa y relato para antes de dormir resulta así un extraño experimento que da por resultado un híbrido en el que además de poesía y relato se añaden excelentes ilustraciones de Eduardo González, viñetas que recrean un momento de las historias cortas que salpican este volumen, editado por Idea y que su autor presentará próximamente en el Casino de Tenerife.

Al margen de los poemas, género en el que confieso un distanciamiento desde que tengo uso de razón, el potencial atractivo de este libro, a mi juicio, son sus cuentos, en los que el autor tantea muchos géneros, como el histórico, el humor, el suspense, con resultados francamente notables porque se leen muy bien y en la mayoría de los casos resultan incluso extremadamente cortos. Al modo de O’Henry, además, la mayoría de ellos termina con un final que atrapa y sugiere.

El apartado de relatos se inicia con Santa Cruz en Carnaval, tu belleza y simpatía…, título que sumo a esa lista de novelas y cuentos escritos en esta tierra sobre la fiesta de la que más se presume y promociona a este lado del Atlántico. No es Santa Cruz en Carnaval, tu belleza y simpatía… un relato redondo, pero sí que se deja leer con una sonrisa en los labios.

El volumen continúa con Un bofetón inesperado, que está teñido de nostalgia y el inquietante Maldita curiosidad, en el que Villanueva da una posible solución a uno de los asesinatos sin resolver de estas islas y que tuvo lugar en los años de la postguerra en la Matanza de Acentejo.

En esta narración se visualiza lo mejor que puede dar Villanueva como escritor, en especial cuando describe con creciente pulso narrativo el diálogo que cruza una anciana señora y un joven del arroyo que va subiendo la tensión y atención en el espíritu del lector.

Lamentablemente, el listón lo baja con el siguiente,  El último beso, así como Y sin embargo, quiero que seas feliz y Ya veré en el último momento, aunque lo recupera en Siempre le había gustado observar a su mujer, en especial por la atmósfera que consigue, así como su tinte negro y aroma resignado.

Las lágrimas de María Antonieta es un cuento de carácter histórico en el que lo mejor es que se nos informa que Jean Babtiste Drouet, el maestro de postas que descubrió y mandó a arrestar a Luis XVI en Varennes, el 22 de julio de 1792, fue uno de tantos franceses que, años más tarde, lucharían del lado de los españoles contra el ataque británico a las costas de Santa Cruz de Tenerife.

Un aperitivo que no termina de cuajar tras la lectura de Maldita despedida de soltera, un relato con una moralina en exceso cargante y el insólito El abrecartas. Insólito por su determinismo y El día más inspirado, que si sobresale es por su naturalismo presumo que involuntario.

El siguiente relato histórico es En la Nochebuena de 1797, en el que Villanueva retrata un imaginario cara y cruz sobre cómo debieron de celebrarlas el general Antonio Gutiérrez y Horacio Nelson, pero escrito de forma rutinaria, con poca chicha y limonada; y Eso es cosa de la Central, en el que Villanueva denuncia con contundencia un asunto hoy de extrema y lamentable actualidad como son los desahucios.

El escritor critica además con sentido del humor en Gracias a la Virgen de Candelaria, el despertar de un independentista en una Canarias presuntamente marroquí casi como si se trata de un episodio de En los límites de la realidad, aquella mítica serie de televisión creada por Rod Serling; y rinde homenaje a la literatura como fuente de evasión en La magia de los libros que no terminó de convencerme como no terminó de convencerme Los temblores de Lulú, pese a su final “inesperado” y el navideño Qué mal rato para la Noche de Reyes, aunque es briosa su descripción del Mercado Nuestra Señora de África y del rastro que se monta en sus alrededores.

El mejor cuento de esta antología que mezcla poema y relatos es el titulado Sucedió en Afganistán, y en el que Jesús Villanueva cuenta casi, como si hubiera estado allí, las  preocupaciones y temores que sienten los miembros de las tropas españolas acantonadas en ese país que, insisten unos, no vive en una situación de guerra.

Lástima, sin embargo, que a la postre resulte tan corto. Como corto se antoja El retrato, que brilla por su excelente e inquietante atmósfera aunque se frustre al final.

Son dieciocho relatos en total en los que su autor, Jesús Villanueva, presenta en este libro. Libro en el que se nos revela como un brillante cuentista, en especial cuando describe y recrea atmósferas, pero también un escritor que debe de encontrar su camino ya que da la sensación de que por el momento solo lo está tanteando.

Saludos, unos hablan y otros callan, desde este lado del ordenador.

Edipo en Stalingrado

Miércoles, Febrero 6th, 2013

INTRO

“Ahora rara vez peroraba en la mesa, como había sido su costumbre. Prefería comer solo. Guderian lo encontró muy cambiado: “Su mano izquierda temblaba, su espalda estaba encorvada, tenía la mirada fija y los ojos salidos, pero les faltaba su antiguo brillo; sus mejillas tenían pecas rojas.”

(Adolf Hitler tras conocer la victoria del ejércio rojo en Stalingrado. Stalingrado, de Anthony Beevor).

El pasado 2 de febrero se cumplió el setenta aniversario del final de una de las batallas más feroces y sangrientas de las II Guerra Mundial, Stalingrado, capítulo que supuso el desmoronamiento del hasta ese entonces invencible ejército alemán, que prácticamente había ocupado –y contaminado– el suelo de Europa bajo la sombra de la cruz gamada.

El cine ha prestado notable atención a esta batalla crucial en las que las fuerzas soviéticas y germanas se vieron las caras en la derruida ciudad, hoy Volvogrado.

Una advertencia, sin embargo, ya que solo repasaré en este post cinco títulos –ninguno de ellos perteneciente a la cinematografía soviética por franco desconocimiento– en el que con mejor o peor fortuna se intentó reflejar una batalla que hizo que un frente, como fue el del Este, pusiera la carne de gallina a las hasta ese entonces invictas tropas alemanas.

Eso explotó que, propagandísticamente, la batalla de Stalingrado se interpretase como el primer y colosal enfrentamiento entre las dos grandes ideologías nacidas en el convulso siglo XX: el nazismo y el comunismo. Combate cuyos ecos aún resuenan, creo entender, en la conciencia de Europa.  

NOCHE AMARGA (Falk Harnak, 1958)

La película se desarrolla en vísperas a la batalla de Stalingrado, frente en el que un soldado alemán hastiado de la guerra decide desertar junto a su joven amante ucraniana siendo detenido por sus camaradas. A partir de este momento, la cinta se convierte en una atractiva aunque lenta y demasiado moralina película procesal en la que gran parte de la acción la ocupa el diálogo que mantiene el detenido con un sacerdote militar. Como es natural, en ningún momento se explica las barbaridades que cometió el ejército alemán en la castigada población civil, pero sí en explicar que no todos los jóvenes combatientes de la Wehrmacht eran rabiosamente nazis. Que eso fue cosa solo de las SS. Con todo, es un título recomendable para los aficionados al cine alemán que pretendió reinterpretar la historia en aquellos años con películas como Almirante Canaris (Alfred Weidnmann, 1954), El general del diablo (Helmut Käutner, 1954); La estrella de África (Alfred Weidnmann, 1957), cuyos exteriores se rodaron en la isla de Gran Canaria, concretamente en la dunas de Maspalomas; y U-47, comandante Prien (Harald Rein, 1958), entre otras. 

EL MÉDICO DE STALINGRADO (Géza von Radványi, 1958)

Si Noche amarga mostraba –siempre desde el punto de vista alemán de la postguerra– el día antes de la batalla, El médico de Stalingrado indaga en cómo sufrieron cautiverio miles de estos hombres en los campos de concentración soviéticos una vez se rindieron. El filme está basado en una novela del reivindicable escritor Heinz G. Konsalik, y en ella se plantea el dilema ético al que se enfrenta un médico entre su deber de salvar vidas humanas sean de la ideología que sean. Entre los actores destaca una bellísima Eva Bartok y Mario Adorf. De los filmes alemanes rodados a finales de los años cincuenta con el único fin de perdonarse a sí mismo, quizá sea de lo mejor que se rodó en aquellos años. No es, en todo caso, un filme estrictamente bélico y sí más carcelario vertiente campo de concentración, pero tiene su visionado y puede incluso plantear encendidos debates. 

STALINGRADO (Frank Wisbar, 1959)

Basada en la novela Perros, ¿queréis vivir eternamente?, del escritor alemán Fritz Wöss, Stalingrado es una de esas habituales producciones bélicas que el cine germano rodó en la década de los años cincuenta para depurar la conciencia y lanzar el mensaje de que no todo el pueblo alemán fue abducido por el ideario hitleriano. El filme es una pequeña producción que cuenta con buenas escenas bélicas, aunque lo más interesante del filme resulte, a mi juicio, el papel que interpreta su protagonista como oficial que hace de enlace con las fuerzas rumanas que combatieron en esta batalla del lado alemán. Con todo, Stalingrado continúa siendo una curiosidad para aficionados al cine bélico, aunque su empeño de no todos los alemanes fuimos culpables pesa como una losa en un largometraje en el que no resulta para nada creíble la historia de amor que vive el honesto oficial con una rusa, soldado del ejército rojo. 

STALINGRADO (Joseph Vilsmaier, 1993)

La película se estrenó en 1993 coincidiendo con el cincuenta aniversario de la batalla que decidió la II Guerra Mundial en Europa, y a mí su primera mitad me sigue pareciendo de las más vibrantes y extremadamente relistas cintas bélicas de los últimos tiempos. Mucho, mucho tiempo antes de que Steven Spielberg nos metiera sin trampas ni cartón en el escenario de la guerra en Salvar al soldado Ryan (1998). El filme de Vilsmaier comienza a desmoronarse, sin embargo, cuando tras la ventolera bélica, los enardecidos combates que tanto alemanes como rusos libran en las calles de la ciudad, se decanta por un discurso pacifista que parece metido con forzado calzador. Nada que objetar al trabajo de sus actores, todos ellos broncos, encallecidos, perfectamente creíbles como soldados que luchan por un Reich que iba a durar mil años. Uno de ellos, en un tren que atraviesa la estepa, se lo dice al camarada que tiene al lado: “toda esta tierra será para que la trabajen los alemanes.” La férrea disciplina prusiana de la Wehrmacht, que varios de los protagonistas del filme terminen en un batallón de castigo y el desesperado intento de escapar al sitio al que finalmente sometió el ejército soviético al VI Ejército al mando del mariscal Von Paulus son otros elementos que confieren de peculiar y siniestro atractivo a una película que, lamentablemente, se pierde cuando aparece en escena un sádico oficial nazi que tiene escondido en el sótano de uno de los derruidos edificios de la ciudad a una atractiva combatiente rusa.

ENEMIGO A LAS PUERTAS (Jean-Jacques Annaud, 2001)

El director de las interesantes En busca del fuego, El nombre de la rosa y El oso sorprendió a propios y extraños con Enemigo a las puertas, una de las mejores películas de Annaud. El filme es además una inteligente mezcla entre cine bélico y western y está inspirado en la vida del francotirador soviético Vasili Záitsev. Somos todavía muchos los que recordamos las primeras e impresionantes escenas de este largometraje, así como aquellas en las que son empujados a la muerte los soldados del ejército rojo que, azuzados por comisarios políticos, les obligan atacar desarmados las líneas alemanas. El filme cuenta además con una atractiva historia de amor que no desentona con la historia. Un triángulo que forman el francotirador (Jude Law) y un oficial de propaganda (Joseph Fiennes) enamorados de la misma mujer, Tania Chernova (Rachel Weisz). Muestra, además, la apuesta que asumió Nikita Jruschov, que interpreta Bob Hoskins, para organizar aquel caos. Hoskins, diez años antes, se había caracterizado como el siniestro Lavrenti Beria en la reivindicable El círculo de poder (Andrei Konchalovsky). Entre otros grandes momentos, Enemigo a las puertas cuenta con el enfrentamiento final entre el francotirador alemán, el mayor König (Ed Harris), contra Záitsev, así como momentos de una épica encendida en la que se rinde sobre todo homenaje a los hombres, como individuos, que formaron parte del ejército rojo. Ese mismo ejército que dos años después de la sangrienta batalla de Stalingrado tomaron con sangre y fuego Berlín.

Es probable que haya más títulos, sin contar los soviéticos, pero si los hay, no me acuerdo. 

Saludos, en la trinchera, desde este lado del ordenador.

Estreno online del documental Gonsalvus, un canario en la Kunstkammer

Martes, Febrero 5th, 2013

Tras muchas vicisitudes y contar con un presupuesto de risa, 1.500 euros de los cuales aportó el Ayuntamiento de La Laguna, la única administración pública que respaldó financieramente este proyecto, se estrena en la red el documental Gonsalvus, un canario en la Kunstkammer, del cineasta Enrique Carrasco, trabajo que explora en la historia de Petrus Gonsalvus, un hombre afectado de una extraña enfermedad que le provocaba una profusión de vello sorprendente, una singularidad que hizo que viajara por las cortes europeas de mediados del siglo XVI y que fuera conocido como el Salvaje gentilhombre de Tenerife o el Hombre lobo canario

Gonsalvus contó con la protección de algunos de los monarcas más poderosos de su momento como Enrique II de Francia, que se interesaron “por su disonante físico.”

El caso de Gonsalvus es uno de los primeros de los que se tiene noticia de la hipertricosis lanuginosa congénita.

Producida por Datana Films, a cuya dirección de correo electrónico datanapro@gmail.com pueden escribir para poder descargar en su PC una copia de la obra completa y el teaser del documental, tanto el director como Datana han apostado por este estreno oficial ante “la falta de presupuesto para hacer un estreno en condiciones.”

En una entrevista, Enrique Carrasco explicaba que la primera vez que tuvo conocimiento de la existencia de Petrus Gonsalvus fue tras la lectura de un artículo “en una vieja edición mejicana de la revista Readers Digest.”

Gonsalvus, un canario en la Kunstkammer está escrita y dirigida por Enrique Carrasco y producida por Datana Films. La dirección de fotografía corre a cargo de Roberto Bacallado y Lilio Hernández y el montaje y la música, Roberto Bacallado y Dan Silva, respectivamente.

Gloria Hernández es la responsable del maquillaje, caracterización y estilismo, mientras que la locución en off la asume Óscar Fernández.

En el reparto artístico intervienen Javier Munárriz (Petrus Gonsalvus niño) y José Delgado (Petrus Gonsalvus adulto).

El documental cuenta también con entrevistas con el investigador y especialista en historia de Canarias del siglo XVI, Lorenzo Santana Rodríguez; Emiliano Guillén Rodríguez, licenciado en Psicopedagogía y en Ciencias de la Información, además de cronista oficial de las villas de Granadilla de Abona y Arico, en Tenerife; el catedrático de Medicina de la Universidad de La Laguna, Luis Hernández Nieto y María Teresa Concepción Masip, doctora en Medicina y Cirugía. Especialista en Bioquímica Clínica y licenciada en Historia del Arte. Concepción Masip es autora además de la tesis Caprichos de la Naturaleza: los seres otros y sus retratos en la cortes modernas.

Los interesados en ver este trabajo, con una duración de 36 minutos, tienen de plazo hasta el 18 de febrero para descargar el documental en su ordenador. 

(*) Retrato de Petrus Gonsalvus.

(**) Cartel del documental Gonsalvus, un canario en la Kunstkammer.

Saludos, supongo que mañana será otro día, desde este lado del ordenador.

Sorimba, una novela de María Jesús Alvarado

Lunes, Febrero 4th, 2013

“Al cabo de un rato, el paisaje había cambiado radicalmente. Quedó atrás el verde oscuro y frondoso de los pinos y luego el más tierno de los frutales entre casas albeadas y muros de piedra construidos paciente y meticulosamente por la mano del hombre, para dar paso a un mar de lava oscura de arrugas petrificadas. Negro, negro y más negro. Piedra, piedra y más piedra. El sol de media tarde era intenso y Álvaro se sentó sobre un tubo volcánico que, partido al hacer el camino, dejaba al descubierto el interior, como un canal directo al centro de la tierra.

Imaginó cómo sería aquella ladera cuando la lava líquida se derramaba hacia el mar y por unos segundos temió que los pies se le enterraran en el magma hirviente. Se sintió muy pequeño y la soledad hacía el paisaje aún más sobrecogedor.” 

(Sorimba, María Jesús Alvarado, editorial Puentepalo)

Sorimba (1), novela de la escritora María Jesús Alvarado, no es tan sencilla ni transparente como aparenta. Se trata, es más, de un título con muchos matices, casi como si se tratase de una madeja a la que deshilar con cuidado ya que invita a una lectura serena, sosegada.

Uno de esos libros, y algo así le pasa curiosamente a su protagonista, que necesita que te metas dentro de la historia mientras dejas a un lado ese saco en el que hibernan las preocupaciones diarias.

María Jesús Alvarado no camufla las intenciones que ha depositado en este relato que apenas supera las 170 páginas (2), sorprende así que desde el inicio ya te revele las intenciones que te acompañarán en esta novela. Una novela iniciática, con rasgos también de realismo mágico pero sobre todas las cosas un canto emocionado a una isla, El Hierro, en la que aún se conservan las esencias.

La escritora emplea para ello, y con destreza, un vigoroso pulso narrativo con el que describe situaciones y emociones porque Sorimba es, entre otras muchas cosas, una novela sobre y de emociones. Una novela para leer con el corazón y no con la cabeza.  

Entre los hallazgos de Sorimba detecto, y es un juicio muy particular, otro estilo, otros compromisos a los que habitualmente me está acostumbrando la narrativa que se está escribiendo en Canarias. Una narrativa canaria la del siglo XXI que –sin dejar al margen el movimiento G21– está más preocupada por recuperar y reivindicar el espacio urbano y no hacerle asco a los géneros.

María Jesús Alvarado propone por el contrario en Sorimba una vuelta si no a los orígenes, sí al mundo rural que todavía se conserva –casi como si fuesen espacios protegidos– en esta tierra que parece no ha digerido con inteligencia eso que llamamos progreso.  

En este aspecto, es como si Alvarado quisiera decirnos que Sorimba –El Hierro–  es un paraíso perdido aunque palpite tan vivo en su memoria. Un territorio, una geografía la de Sorimba donde la gente que la habita aún no ha sido contaminada por las enfermedades urbanas que caracterizan a nuestras ciudades.

Un mundo, en definitiva, el de Sorimba a través del cual su protagonista, hasta ese momento un hombre con ambiciones materiales, aprende a ser persona.

En este proceso de transformación, y al que llega el personaje a través de un libro que cae entre sus manos, comienza el viaje iniciático. Un trayecto que le obliga a despojarse de todas las miserias del mundo real para que tome contacto con la tierra y lo que entraña de espíritu de sacrificio.  

Entiendo así Sorimba como una especie de Shangai-La. Un mundo en el que sus habitantes comparten lo poco que tienen y en el que palabras como traición no existe en su vocabulario. Ese universo, sin embargo, comienza a despoblarse, aunque un grupo de resistentes se niega en redondo a abandonar lo que considera suyo.

“- Ahora quedamos diez familias, todas vivimos de la tierra y los animales. Éramos muchos más, pero se han ido trasladando a San Andrés, el pueblo nuevo, junto a la carretera. Hay casas nuevas en El Rincón, en Jarera Baja, yendo para La Cuesta, y en Las Rosas. Dicen que el clima es mejor en esa zona, y que estar junto a la carretera tiene muchas ventajas, pero nosotros no queremos dejar nuestro pueblo ni alejarnos de nuestros pedacitos tan mano.”

Sorimba se transforma así en un territorio mítico en el que poder respirar y al que solo se puede llegar a través de la lectura de un libro. Una geografía donde el agua mana de un árbol sagrado –El Garoé–  y en la que aún es posible encontrar el amor puro.  

Para contar todo esto y más, María Jesús Alvarado reúne una pequeña pero compacta galería de personajes con las que irá deshilachando la madeja, sin descuidar en todo momento la importancia que tiene el territorio, la naturaleza aún no castigada por eso que llaman, reitero, un progreso mal entendido.

Tiene, en este sentido, Sorimba mucho de tierra. Y mucho de verdad. Y mucho por recuperar un eco cuyo sonido, desgraciadamente, ya no repercute como antes en nuestras urbanitas consciencias provincianas.

Sorimba me parece así un libro delicioso, no solo por su ágil lectura –clara y concisa– sino por lo que encierra de voluntaria regresión. O la necesidad por recuperar unas raíces de las que la mayoría vivimos de espaldas, pese a que seamos conscientes que vive y late en alguna esquina de nuestra memoria

Un territorio, en definitiva, en el que todos tienen una misión: ser pueblo. Sin sonrojo, sin mirada rosa.

Un mundo en el que todos son imprescindibles.

“Hay personas que pueden ayudar a los animales, y personas que curan a las otras cuando están enfermas, o que atienden a las mujeres cuando van a tener un hijo… Vivimos con la naturaleza. Nacer y morir forma parte de nuestras vidas como el comer o el dormir; y cómo no tenemos las comodidades de otros lugares, las madres se las apañan solas para parir, o las atiende una amañada. Por desgracia, muchas mueren en el parto o en los primeros días, a veces por alguna complicación y otras por no tener cuidado y tomar algo frío. Las viejas siempre aconsejan tomar alimentos calientes, especialmente caldito de gallina, guardar cama y no mojarse por muchos días…–Se interrumpió al no poder adivinar la expresión de Álvaro:– Todos nos necesitamos, ¿no lo cree usted?” 

(1)  María Jesús Alvarado presenta Sorimba este martes, 5 de febrero, en el Ateneo de La Laguna.

(2)  El volumen incluye un interesante glosario de palabras canarias. Entre otras, revela el significado de Sorimba: lluvia menuda con bruma y viento.  

Saludos, ya saben, desde este lado del ordenador.

Fallece la pintora Vicky Penfold

Lunes, Febrero 4th, 2013

Comienza la semana con dos fallecimientos que dejan un poco más huérfano el paisanaje cultural de Canarias.

El veterano periodista Eliseo Izquierdo habla sobre la vida y obra de la artista plástica Vicky Penfold, fallecida en el Puerto de la Cruz tal día como hoy. 

Les invitamos a que pinchen este enlace para que conozcan de cerca quien fue esta valerosa mujer.

Saludos, no tengo fuerzas para escribir otro óbito, desde este lado del ordenador.