Archive for the ‘Cine de allá’ Category

Cajón (de)sastre

Jueves, Septiembre 8th, 2011

NUEVO BLOG DE JAVIER GONZÁLEZ DE DURANA

El Museo Balenciaga ha recibido desde su inauguración –el pasado 10 de junio– la visita de 43.000 personas. Al frente de la institución se encuentra Javier González de Durana, hasta hace unos pocos meses director de TEA Tenerife Espacio de las Artes. Varios medios de comunicación del País Vasco han publicado sendas entrevistas con su responsable. Algunos de los cuales, en concreto el Diario Vasco, celebra que Durana haya anunciado la pronta aparición de un blog que estará alojado en página web del Museo. En este artículo se recuerda que de Durana ya practicó esta experiencia durante su gestión al frente de TEA con El Baile y las cadenas, cuyo cierre “generó mucha controversia.” (gracias Urs por la llamada).

TEATRO CON CONCIENCIA

El local del Comité Canarios de Solidaridad con los Pueblos (CCSP) acoge este viernes, 8 de septiembre y a las 20.30 horas, la propuesta Teatro Zero, una iniciativa de la actriz y psicopedagoga Chusa Pérez de Vallejo, integrante del colectivo Teatro Social Los últimos. La obra que se representa se denomina Un extraño, y está basada en experiencias y testimonios de inmigrantes.

OTROS MISTÉRIOS EN LA LIBRERÍA MISTÉRIO

La lagunera librería Mistério retomará el viernes 16 de septiembre y a las 20.30 la segunda temporada de Noches de Mistério con la primera entrega de Otros Mistérios, sección dedicada a otros géneros e inquietudes literarias, y que estará protagonizada por los escritores José Luis Correa y Cristo Hernández, quienes mantendrán una charla-coloquio en torno a la antología Generación 21: nuevos novelistas canarios. Cabe destacar que las últimas novelas de Correa (Murmullo de hojarasca) y Hernández (Biografía reciclada de Manolito el Camborio) han iniciado la colección Generación 21 de editorial Aguere y Ediciones Idea.

SI INTRUDER SE PODRÁ VER, CARAHUECA SE PUEDE LEER

El Cultural.es publica el comienzo de la novela  Carahueca: No puedes escapar de lo que ya está dentro (Temas de hoy) de Nicolás Casariego, versión literaria de Intruders, película dirigida por Juan Carlos Fresnadillo y que inaugurará el jueves 15 de septiembre el Festival de Cine de San Sebastián.

Saludos, esto es todo por hoy, desde este lado del ordenador.

Roger Vadim, un diablo como Dios manda

Miércoles, Septiembre 7th, 2011

Forma parte de la historia del cine pero no por sus películas sino como formidable conquistador de corazones femeninos. Su nombre Roger Vadim Plemiannikov (París, 26 de enero de 1928 – París, 11 de febrero de 2000) y sus larga lista de mujeres Brigitte Bardot, Annette Stroyberg, Catherine Deneuve y Jane Fonda por citar solo algunas de las más conocidas.

¿Le hacemos justicia a Vadim por tan destacable hazaña?

Ni lo sé ni me importa aunque pienso que el cineasta desenfadado y provocador debe de estar pensando aquello de que me quiten lo bailado hallá donde se encuentre. Por si se encuentra en alguna parte.

El caso es que su trabajo ha quedado sepultado por la pesada y fría losa del olvido. Y si bien la pesada y fría losa del olvido tiene su razón de ser, creo que en el caso de Vadim hemos sido excesivamente crueles. Y retorcidos. Y repugnamente creyentes en un solo Dios.

Sus películas marcaron época, y reflejan las inconstancias de una sociedad que hoy, lamento decirlo, continúa siendo igual de impostora y puritana

Vadim creó mitos. Por mucho que le disguste a la explosiva BB, y su cine –marciano, rebelde y audazmente erótico– pide a gritos una urgente recuperación porque tiene su algo.

Supo explotar los sueños más húmedos de la burguesía de su tiempo, y si bien sus títulos más famosos no terminan por estar a la altura, aún conservan un espíritu pop festivo que hace que veamos la vida de otra manera.

Como todo artista que se precie, Roger Vadim fue un impostor con encanto.

Les recomiendo que se lean su autobiografía Memorias del diablo porque entre toda esa compleja red de mentiras y provocaciones que escribe, se esconde un irónico canalla con una lúcida vocación de autor.

Tres títulos claves marcan, a mi juicio, su carrera detrás de las cámaras: Y Dios… creó a la mujer, Si don Juan fuera una mujer y Barbarella.

No se tratan de obras maestras, pero sí de películas que a quien ahora les escribe le marcaron durante un periodo confuso (y alegre por ingenuo) de su existencia en la Tierra.

No he vuelto a ver ni Y Dios… creó a la mujer, ni Si don Juan fuera mujer, pero hace unas semanas volví a envenenarme con Barbarella y descubrí, pese a su largo metraje, destellos de un cineasta que hace de lo camp una obra de referencia.

Y todo ello contando con una sensual y despistadísima Jane Fonda. Puro tebeo hecho cine.

Atrévanse pues con Vadim.

Un diablo como Dios manda.

Saludos, en una imaginaria cama revuelta mientras fumo un cigarrillo, desde este lado del ordenador.

Ettore Scola o la sabiduría de un venerable maestro: ‘Brutti, sporchi e cattivi’

Martes, Agosto 30th, 2011

Ettore Scola ha anunciado que se retira porque no soporta el cine actual. El cineasta, de ochenta años de edad, no digiere bien las ñoñerías en la que ha terminado por convertirse este arte. Hoy más industria que otra cosa.

Da que pensar la reflexión de este hombre sabio. Así que quiero imaginar que su abandono está motivado porque, efectivamente, se ve incapaz de colocar una historia con fondo en un mercado que solo demanda banalidad antes que por obligada jubilación.

Esto me hace pensar en las últimas películas que dirigieron otros maestros antes de despedirse del cine y resignarse a vivir una relativamente cómoda existencia gracias a las rentas cosechadas a lo largo de su carrera.

Scola manifiesta en una entrevista que publica hoy, martes, 30 de agosto, Il Tempo: “Ha sido una decisión natural. Para mí es fundamental tener libertad y hoy es el mercado el que toma las decisiones. Ya lo hacía antes, pero habían mayores espacios para la libertad y la excepción, y los productores estaban más dispuestos a arriesgar y experimentar.”

Y arriesgar y experimentar son constantes en el cine de Ettore Scola. Claro que su riesgo y experimento fue el de contar vidas sencillas al que el peso de las circunstancias vuelve tremendamente complejas y miserables.

Alguien me dice que Scola hace estas declaraciones porque está a punto de finalizar su última película y quiere promocionarla agitando la bandera de la polémica.

Y la verdad es que no sé. ¿Un tipo con ochenta años?

Y recuerdo a Mario Monicelli. Quien a los 95 años de edad escogió entre la vida y la muerte saltar por la ventana de un hospital.

¿Alguien puede explicármelo?

Como respuesta solo entiendo que estamos dejando –entre todos– que nuestros venerables ancianos se vayan cuando su magisterio es tan necesario para los tiempos que nos han tocado en suerte.

Así que confieso que me da profunda repulsión que obviemos su legado.

El cine actual está sufriendo un complejo de Peter Pan que me sabe a catastrófico. Lo mismo me pasa con otras artes.

Así que algo raro pasa cuando me encuentro revisando a los clásicos y desprecio (porque aprecio) lo que están haciendo los nuevos.

Los nuevos.

Esos nuevos empeñados no solo en actualizar clásicos sino en experimentar con ideas que dan vueltas y vueltas hacia la nada porque no saben narrar una historia con la aparente sencillez formal de La familia o Una jornada particular.

“No habrá más”, escupe con rabia Scola.

Solo le faltó añadir que no merece la pena ofrecer pan a los Brutos, sucios y malos (1976) en lo que nos hemos convertido.

Se va el maestro. Sí. Pero nos queda La terraza (1980), La noche de Varennes (1982) y La familia.

También la que a mi juicio es su obra maestra.

Precisamente Brutos, sucios y malos. O Feos, sucios y malvados. Que lo mismo da.

Ya saben, la sabiduría del venerable maestro.

Descubridlo, chiquillada.

Saludos, muy cabreados, desde este lado del ordenador.

Ya no se hacen películas como ésta…

Sábado, Agosto 27th, 2011

“Recoged las rosas mientras podáis.
Largos son los días de vino y rosas.
De un nebuloso sueño, surge nuestro sendero.
Y se pierde en otro sueño.”

Bajo el arcano de estos versos vuelvo a ver Días de vino y rosas (Blake Edwards, 1962), una película que destroza el alma pero que también hace pensar que el cine es venenoso y por eso grande en el tiempo.

Y en estos días tristes en los que sin embargo no puedo llorar esta historia de dependencias varias (el alcohol) logra que me ponga a llorar cuando llega su final:  Un tipo solitario (Jack Lemmon) contempla a través de la ventana de su apartamento como desaparece la mujer de su vida mientras en el cristal se reflejan unas luces de neón que se apagan y se encienden en la que se lee BAR.

Y continuo llorando, escuchando de fondo el sentimental y algo cursi tema principal de la banda sonora de Henry Mancini que da anuncio a los títulos de créditos finales.

Y me pregunto entonces ¿estoy tan sobrio?

Y también ¿tan idiota?

Y en un agosto pegajoso y más libertino de lo que esperaba, recupero veneno mientras bordeo el coma etílico por sobredosis de rancio celuloide que me hacen incluso apreciar la amarga nostalgia de  8 mm.

Y embriago veo Día de vino y rosas. ´

Y me contemplo con la forma de Jack Lemmon destrozando el invernadero donde están las rosas, buscando desesperadamente una botella de licor que creo que me hará más puñeteramente infeliz.

Y frustrado entiendo que Lemmon, osea yo,  no se dé cuenta que ella se le escapa cuando pregunta “¿juraría que había tres botellas.”

Y observas la turbia e indiferente mirada de Lee Remick.

Y sabes, efectivamente, que hubo tres botellas.

Y sigo llorando. Será la ausencia, la soledad, el miedo, las ganas de huir hacia ninguna parte.

Y aprendo que brindar por ¡juntos al paraíso! es veneno también. Sobre todo cuando hechizado contemplas el océano con ella.

Y pienso en esa escena final: Contemplo como ella se va mientras en el cristal de la ventana se refleja como una pesadilla la luz de neón de un BAR.

Una luz que se enciende y se apaga.

Se apaga y se enciende.

Y comprendes, ¿sobrio, idiota?, que será siempre así.

Saludos, y continuamos con recomendaciones escobilloneras, desde este lado del ordenador.

¡¡¡Arrállate un millo, Ridley Scott!!!

Lunes, Agosto 22nd, 2011

No soy seguidor de Blade Runner pero entre las ochocientas versiones que el otrora potable Ridley Scott se sacó de la manga continuo quedándome con la que presuntamente es la versión de los productores.

Los que hayan visto la película saben que me refiero a la que cuenta con voz en off (un recurso muy noire, por otra parte) y termina con Harrison Ford y Sean Young abandonando esa pestífera Los Ángeles futurista rumbo a lo desconocido.

Basada en un relato corto del escritor Philip K. Dick, cuyo mejor adaptador ha sido el genial Robert R. Crumb en uno de sus tebeos, y material inagotable para guionistas que quieren jugar con las apariencias, el mismo Scott, Ridley Scott, ha anunciado sin que se le caigan los anillos que rodará una precuela o secuela sobre este título (pese a todo) clave de los ochenta.

Y rastreando por la red, leo como tiembla este universo virtual con voces a favor y otras tanto en contra mientras yo me pregunto ¿por qué? Porqué volver a recuperar un título del pasado que ya ha hecho historia.

La razón, como siempre, es bastante simple: dinero.

Lo que no entiendo es como ese esteta con largometrajes interesantes en su carrera como son Los duelistas y el primer Alien se atreve ahora a volver al universo del que, con toda probabilidad, se trate de su película más recordada, Blade Runner.

Y las neuronas que tengo dentro de mi cabeza hacen chispas mientras imagino con bastante desgana la aparición en la precuela o secuela de un viejito Harrison Ford.

Así que sea el antes o el después, de lo que sí estoy prácticamente seguro es que el nuevo Blade Runner se rodará en tres dimensiones porque es el último grito que le queda al actual y descafeinado cine norteamericano para atraer público a las desnutridas salas.

Solo que si estoy aún vivo y tengo reservas económicas para pagar la entrada –que seguro que en ese tiempo superará los 10 euros a los que habré de sumar lo que gaste en refresco, cotufas y otras golosinas– formaré parte del amplio pelotón de veteranos que optará por castigarse la vista en la sesión de dos dimensiones.

Observando como está el panorama actual del cine norteamericano, en un significativo punto muerto debido a su obsesión por mejorar títulos del pasado no ya lejano sino reciente y en sacar segundas, terceras, cuartas, quintas entregas de películas que ayer resultaron taquillazos, lo mejor es continuar revisando lo que fueron capaces de hacer en ese país cuando se tomaban en serio el cine.

Y es que últimamente, al contemplar cualquier cosa rodada cuando el blanco y negro era blanco y negro y el color, pues color, me trago esas historias y escucho sus diálogos preguntándome cómo demonios se ha ido para atrás cuando en todo caso se tendría que haber ido hacia adelante.

A bote pronto, me veo así como viejuno (si la cordura consigue que llegue a viejuno) subido a una tarima gritando como un loco: “Yo he visto cosas que vosotros no creeríais: atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhauser. Todos estos momentos se perderán como lágrimas en la lluvia… Es hora de morir.”

Y fondón, como está el que antaño fue atractivo Rutger Hauer, cerrar lentamente los ojos mientras un pajarraco escapa de mis manos para volar en la lluvia que cae de un cielo que ese día, sospecho, será bidimensional.

Saludos, arrállate un millo, Ridley Scott, desde este lado del ordenador.

Confesiones de un pecador (que ya no está arrepentido) del cine de los 80

Sábado, Agosto 20th, 2011

El otro día, mientras repasaba deuvedés a precios de risa en una de esas grandes superficies donde venden todo tipo de aparatos electrónicos me quedé un buen rato contemplando la carátula de Calles de fuego, de Walter Hill, película que vi hace mucho, mucho tiempo en un cine de reestreno y de la que recuerdo me dio directo a la mandíbula.

No compré el deuvedé por miedo a triturar una de esas tontas emociones de mi primera juventud. Por miedo a volver a ver una película que, salvo Diana Lane, poco o nada puede decirme ahora, así que opté por tirarla al montón de saldos porque quiero pensar que así honraba la tormenta de sensaciones que me procuró su primer y sospecho único visionado.

Con la pantalla a oscuras, Calles de fuego comienza con una declaración de principios de su director acerca de lo que vamos a ver: una película de buenos y malos. Un western moderno con moteros sedientos de sangre y un héroe de mirada triste cuyo actor, Michael Paré, no volvió a levantar cabeza profesionalmente hablando tras esta experiencia.

Otra cinta que me emociona de aquella década insensata que fueron los ochenta es la inteligente comedia juvenil Todo en un día (John Hughes). La vi en Madrid acompañado de dos amigos y nos metimos en el cine porque no había nada mejor que hacer.

Puede resultar fuerte si escribo que para los tres el filme fue algo así como una revelación, pero no se me ocurre una palabra mejor para describir el subidón que nos dio al contemplar las aventuras de ese golfo con suerte que interpreta Matthew Brodrick junto a su novia en la ficción Mia Sara y su sufrido colega Alan Ruck mientras son perseguidos (casi casi como si se tratara del coyote) por el director su instituto, papel que interpreta Jeffrey Jones. Tampoco he vuelto a verla. Será que quiero continuar con la magia de la primera vez…

Durante una época me dio por tararear Blue velvet, canción que descubrí en la película del mismo título de David Lynch. El largometraje reventó mis expectativas en una de esas salas que había en Madrid donde pagando el precio de la entrada podías quedarte a ver todas las sesiones que quisieras.

Yo me quedé a verla dos veces. Blue velvet me noqueó y aún no sé las razones. He vuelto a ver la película, desgraciadamente, y lamento escribir que lo que antaño me pareció fascinante ahora me sabe a cosas de Lynch. Cineasta al que se le va la pinza con bastante facilidad. De entre todas sus películas, y pongo la mano en el fuego que he visto todas, rescato su Dune.

Sí, me consta que es el título que la mayoría de sus seguidores olvida con insólita temeridad, pero vuelta a ver todavía me hace gracia que el espectador pueda escuchar los pensamientos de sus personajes y esa batalla entre melenudos barbados contra punkarras enfundados en cuero negro.

Antes de exiliarse voluntariamente a los Estados Unidos, el cine del holandés Paul Verhoeven dejó una cinta que tampoco he vuelto a ver con el paso del tiempo. Se titula El cuarto hombre y por lo que recuerdo de ella es una fascinante historia de mujer fatal, fatal (una bruja, vamos) y un escritor de tendencias homosexuales que concluye en un festín loco y algo gore que me hizo saltar de la butaca. La película, que vi en una sesión doble que incluía también ese clásico del cine negro de los ochenta que es Scarface. El precio del poder, tiene algo. O quiero creer que tiene algo. Eso de tiene algo quizá explique porque no he querido volver a verla.

Quien les escribe, que se confiesa perteneció a la fe Verhoeven durante un tiempo, desconfía ahora del profeta aunque de tanto en tanto pierda el tiempo volviendo a ver por centésima vez Starship Troopers: Las brigadas del espacio que quizá sea, a su juicio, la mejor película de su extraña y algo obsesa filmografía.

Pero qué diablos, cuando veo cualquiera de sus filmes siempre descubro actrices que son algo más que actrices: Sharon Stone (Instinto básico) y Carice van Houten (El libro negro).

Hay más películas de esa década de pobres y ricos que fueron los ochenta que me dejaron atrapado en el cine. Evoco Excalibur (a la que ya le dediqué un comentario y que cumple treinta años ¿sueños para unos, pesadillas para otros?) y la socorrida Blade Runner, aunque no fui ni soy un blademaníaco. Será porque siempre me irritó de su director, Ridley Scott, su esteticismo babosón y barrocón.

Mi apreciado John Milius cuenta con una serie de títulos que me marcaron por una u otra razón en aquella década que parece que ahora vuelve a ponerse de  moda. Conan el bárbaro y Amanecer rojo son dos de ellas. La primera porque el filme sigue respirando vida y sintetiza el apasionante y violento mundo que creó Robert E. Howard en sus relatos.

El segundo porque pese a su tono ultra no deja de resultar una película que hace feliz a ese comunista que aún llevo dentro. Si se atreven, véanla. Es cine de hazañas bélicas que seguro hizo feliz a ese inquietante terrorista iluminado que fue Timothy Mcveigh.

Pero si hay un título de Milius de esta etapa que destaca por encima del bien y del mal es Adiós al rey, basada en la novela del mismo título de Pierre Schoendoerffer. Película que no vi en un cine sino en casa de un amigo en VHS.

Recuerdo que vimos la cinta. Recuerdo que los amigos se fueron a dormir y recuerdo que volví a encender el reproductor para volverla a ver no una vez sino dos más.

No he vuelto a castigarme con ella.

¡Suerte, inglés!

Hay más películas de esa década, década que me hizo recaer en los tebeos cuando cayó en mis manos el primer número de Batman año 1, como El imperio contraataca, Regreso al futuro, Terminator, Poltergeist, El muro (joder como le comió la cabeza a mi generación el dichoso El muro), El corazón del ángel (joder como me comió la cabeza El corazón del ángel), entre otras que recupero mientras exploro por la red para refrescar mi gastada memoria.

Pero noto, detecto, que ninguna lista de las supuestas mejores películas de aquella década se menciona Revolución, del británico Hugh Hudson, una cinta que como tantas otras no he vuelto a ver pero que (está sí) me encantaría volver a ver.

Y Scandal, cinta que cuenta lo que ya se conoce como escándalo Profumo y que hizo que descubriera y me enamorara de Joanne Whalley…

¿Dónde estás Joanne?

Hay más títulos. Claro que los hay. Los dibujos animados bebían del cómic en Metal Hurlant y la extravagante Tygra, hielo y fuego… Jim Henson presentaba Laberinto, de la que solo recuerdo sus fascinantes títulos de crédito y a su joven protagonista, Jennifer Connelly enfrentarse a David Bowie. O aquella otra de marionetas que se llamó Cristal oscuro… (la imagen que ilustra estas líneas). Y hubo más. Muchas más. Solo que no he querido volver a verlas.

Quiero pensar que fueron cosas de los ochenta.

Y no sé, la verdad, si me da miedo que vuelvan a ponerse de moda.

Saludos, será que la década pasa factura, desde este lado del ordenador.