Archive for the ‘Cine de allá’ Category

Vayan a verla

Viernes, Mayo 13th, 2011

Comienzo a estar aburrido de las pequeñas tragedias de la vida vulgar de los ricos que Woody Allen está explotando en sus últimas películas. Por eso, confieso que he ido bastante resignado a que me contara lo de siempre con Medianoche en París.

Pero oh,, milagro, esa especie de bicho raro neoyorquino ha logrado despertar las emociones que hace tanto tiempo noto en falta en una película cuando la veo en su condición natural: la pantalla grande.

No voy revelar de que va esta extraordinaria historia que, curiosamente, también juega con el tiempo aunque su mensaje final sea el de un alentador vive tus sueños desde el presente, pero créanme si les digo que merece mucho la pena verla y disfrutarla.

Medianoche en París recupera al Allen de La rosa púrpura del Cairo, al cineasta que tan bien sabe manejarse entre realidad y fantasía para rendir un canto emocionado a la vida y a París, ciudad sin cuyas luces el mundo hoy sería más oscuro.

Cuesta trabajo intentar transmitir con palabras las sensaciones que está cinta ha generado en mi cabeza, pero háganme caso y véanla.

Se reirían y se emocionarán como solo el cine, en ocasiones, consigue que nos emocionemos y riamos. Y todo ello rodado con una compleja sencillez que tiene el sello de un cineasta fantástico y que cuando ama de verdad transmite historias sin estridencias ni trascendencias.

Que es capaz de organizar escenas de un humor tan inquietante como divertido como la que monta en torno a unos pendientes (si ven el filme sabrán a lo que me refiero) al tiempo que te transporta a otros mundos imposibles que solo podemos hacer posibles si no renunciamos a nuestro tiempo.

Medianoche en París es una de esas películas que recomiendo no solo a los que quisimos pertenecer a una generación perdida que hoy continúa estando más viva que nunca a través de sus novelas. También a los que aman la capital francesa porque es una ciudad que emociona y embriaga.

En definitiva, que Medianoche en París es lo que tiene que ser el cine cuando se toma en serio: tiene alma. Ese algo, o argo, que no sé porqué demonios cuesta tanto –a unos y a otros que quieren dedicarse a esto– entender.

Claro que aceptarlo entraña un estúpido riesgo: sé tú mismo.

Saludos, gracias, señor Allen, desde este lado del ordenador.

Fui educado en la violencia y en la muerte

Miércoles, Mayo 4th, 2011

Hay un puñado de películas que disfruté en cines cuando los cines eran eso: cines. Entre otras recuerdo Grupo salvaje y Apocalypse now!, que vi en el Numancia. Tiburón y Taxi driver, en el Greco, también en la capital tinerfeña; y La naranja mecánica, cinta que disfruté rodeado de un grupo de drugos en el cine Coliseum de La Laguna.

El filme de Stanley Kubrick celebra sus cuarenta años y compruebo ahora que las sensaciones que me asaltaron cuando lo descubrí por primera vez no tienen edad aunque en aquellos tiempos era lo que se dice un chaval.

Y pese a que los meapilas digan lo contrario, La naranja mecánica es una película para ver siendo un chaval.

Respecto al magnífico material literario que la inspira y que firmó ese brillante escritor hoy curiosamente olvidado que fue Anthony Burguess tampoco pasa el antipático e incómodo paso del tiempo.

Confieso, no obstante, que fue gracias a esta película la que me abrió paso al universo escrito de Burgess y que tras leer algunos de sus libros, no se cuenta éste entre mis preferidos de su autor. Me quedo antes con su Trilogía malaya y con la estupenda El derecho a una respuesta, entre otras tantas.

Pero hablaba de la versión cinematográfica de La naranja mecánica de Stanley Kubrick y de su todavía inquietante poder de seducción.

No sé cuantas veces la he visto y no sé cuantas palabras de su jerga nadsat recuerdo. Lo que sí tengo claro es que en cada uno de estos visionados he sentido sensaciones muy diferentes y encontradas pero ninguna claro está como las que se me reveló la primera vez.

Y es que siempre hay una milagrosa y afortunada primera vez.

Lo que me continúa sorprendiendo de esta película es su poder de fascinación para los que somos besuños ayer, hoy y probablemente siempre. Será porque el filme, pasado los años, aún conserva una frescura extraña, tan extraña que penetra en tu golová para dejarte maslo.

Hace dos años e invitado por una forella me tocó presentarla y mantener un dialogo difícil pero muy inteligente con un grupo de alumnos.

Me interesaba saber cómo habían digerido el filme aquellos molodos cuyas aficiones y vicios ya no eran los míos y mucho menos los del protagonista de la cinta, Álex.

Confieso que me emocionó que los asistentes aplaudieran espontáneamente cuando finalizó la película. Y que en el turno de preguntas nadie me planteara la que supuestamente era la del millón: ¿Por qué se llama La naranja mecánica?

En aquel debate se habló un poco de todo pero sobre todo de violencia. La violencia que marca el individuo que no tiene futuro y que la emplea como deporte cavernícola y la que ejerce el Estado. Todos ellos entendieron –no sé si tragando saliva o con una sonrisa en los labios– que Álex, presuntamente “curado” al final de la historia es producto de un sistema que por mucho que se empeñe en racionalizar solo defiende el ojo por ojo y el diente por diente. Camuflado, eso es verdad, bajo un disfraz bonito y si quieren falsamente humanista.

Las veces que he tenido la oportunidad de ver La naranja mecánica he sacado lecturas diferentes.

La primera, entendí que se trataba de un manifiesto que me animaba a una rebelión con sentido perverso y muy punk. Si no tienes futuro: destruye.

La segunda, pensé ¿qué haría si yo fuera el escritor a quien Álex y sus drugos dejan parálitico tras ver como violan a su forella mientras el schuto tatarea Cantando bajo la lluvia?

La tercera y la cuarta y la quinta y la sexta que estaba viendo una película que pasará a la historia por explotar de manera tan pornográfica –¿sincera?– la crueldad que todos llevamos dentro.

El caso, drugos, es que pese a que pase el tiempo sobre esta película no sufre bolnoyo.

Y ahí radica su macabra grandeza.

Saludos, hermanos brachnos, desde este lado del ordenador.

Corre, corre, corre…

Viernes, Abril 22nd, 2011

“En los últimos años del siglo diecinueve nadie habría creído que los asuntos humanos eran observados aguda y atentamente por inteligencias más desarrolladas que la del hombre y, sin embargo, tan mortales como él.”

(La guerra de los mundos, 1898, H.G. Wells)

I.- UNA TRADICIÓN COMO OTRA CUALQUIERA

Lo hemos convertido en una tradición. Un amigo y yo quedamos de tanto en tanto para meternos en el cine y ver películas malas. Y cuando hablo de películas malas me estoy refiriendo a películas malas de verdad. 

Mi amigo y quien les escribe somos confesos seguidores del cine de ciencia ficción y de zombis pero como últimamente no se ruedan buenas películas de ciencia ficción ni de zombis, cuando salimos de la sala además de maldecir la estafa en la que voluntariamente hemos caído, aprovechamos el tiempo para echarnos unas risas porque gracias a estas escapadas tenemos una excusa para volver a una adolescencia me temo que ya perdida en la noche de los tiempos.

La última que nos tocó ver juntos fue Invasión a La Tierra: Batalla Los Ángeles (Jonathan Liebesman, 2011), una película que más de ciencia ficción es una película  bélica porque trata sobre un pelotón de Marines cuyos miembros responden a los estereotipos que hemos visto ya en numerosas películas de Marines. Es decir, heroico sargento que quiere superar el trauma de haber sido el único sobreviente de su grupo de combate en Irak; teniente inexperto, y soldada multirracial.

El enemigo en esta ocasión son unos extraterrestres que atacan nuestro planeta por su recurso natural más preciado –no, no se trata del petróleo–  como es el agua.

Huelga escribir que Invasión a La Tierra: Batalla Los Ángeles no vale un pimiento. Y no porque resulte ridículamente tópica, sino porque si no has hecho la mili (como es mi caso) se antoja un excesivo empacho de testosterona militar con denominación de origen Marine. Ese cuerpo del ejército norteamericano cuyo lema es ¡Semper Fidelis! Y que para darse ánimos se gritan unos a otros John Wayne, John Wayne tomando una vez más el nombre de ese hijo de puta que también sabía interpretar (dijo John Ford) en vano.

II.- HUBO OTRO TIEMPO EN QUE…

El caso es que ya no se hacen películas de ciencia ficción como las de antes. Y en este sentido sí que creo que la nostalgia no es un puto error.

Creo que el género cinematográficamente hablando arañó el cielo –como lo arañaron los titanes– en los años 50 del pasado siglo XX.

Esa década cuenta con un paquete de pequeñas producciones que lo explotaron con resultados más que aceptables y en muchos casos inquietantes.

Uno de esos títulos es El enigma de otro mundo (Christian Nyby, 1951), una producción de Howard Hawks que cumple precisamente en 2011 sesenta años. Volver a visionarla continúa provocándome sensaciones para nada encontradas. Y ello pese a que esta cinta cuenta con una potentísima puesta al día que firmó John Carpenter a principio de los 80.

De Carpenter es también, precisamente, 1997, Rescate en Nueva York, largometraje que cumple –ya ven ustedes– treinta años en 2011.

Sin embargo, si hay una película de ciencia ficción de los cincuenta que me atrapó, y cuya revisión se hace necesaria aunque pase el tiempo es La invasión de los ladrones de cuerpos (Don Siegel, 1956). Desde entonces se han rodado numerosas versiones de esta película pero la mejor sigue siendo la de Siegel.

Basada en la novela de Jack Finney, el filme narra la invasión de unas extrañas y vegetales criaturas del espacio exterior que crean réplicas exactas de los habitantes de un tranquilo pueblo de los Estados Unidos.

Los protagonistas de la cinta descubren que quienes fueron sus amigos y vecinos han sido sustituidos por estas réplicas. Réplicas que se comportan de una manera distante, fría. Son hombres, mujeres, ancianos y niños que carecen de emociones como los aprendices a cineastas a los que me refería en el post anterior. 

Siguiendo esta misma línea hay una pequeñita joya del género que bajo el extravagante título de Me casé con un monstruo del espacio exterior (Gene Fowler Jr, 1958) continúa explorando el simulacro solo que desde la intimidad de la alcoba.

La misma corriente se puede también detectar en la aún fascinante Invasores de Marte (William Cameron Menzies,1953); y renunciando al enemigo que se hace pasar por uno de los nuestros, guardo grato recuerdo de aquellas películas que sacaron todo el jugo posible al fenómeno del gigantismo por culpa de la energía atómica.

III.- ¡ACABEMOS CON LOS BICHOS!

Me refiero a filme tan extraordinarios como Them! La humanidad en peligro (Gordon Douglas, 1954), donde lo cotidiano se hace añicos ante una amenaza que, mientras no se muestra, resulta terrorífica. Esta película cuenta además con uno de los mejores inicios del género al mostrarnos a una niña en estado catatónico que deambula por un paraje desértico.

Jack Arnold daría una vuelta de tuerca al gigantismo en su imprescindible El increíble hombre menguante (1957), basada en la novela del mismo título de Richard Mathenson, probablemente el mejor escritor de fantasía de todos los tiempos.

Arnold jugaría también con bichos gigantes en su más que correcta Tarántula y se apuntaría a la corriente de los extraterrestres pueden ser también buenos en Llegó del más allá (1953), basada en un relato de Ray Bradbury, aunque en este capítulo el título más recordado continúe siendo Ultimátum a la Tierra (Robert Wise, 1951) pero más que por su mensaje pacifista por el robot que acompaña a esa especie de heraldo de las naciones unidas del espacio exterior que responde al nombre de Gort.

IV.- ESA NOSTALGIA, HUMANO…

Hay muchas más películas. Algunas de ellas malas de solemnidad pero otras excelentes como la trilogía del doctor Quartermass (El experimento del dr. Quatermass, Val Guest, 1955; Quatermass 2. Enemy from Space, Val Guest, 1957 y Quatermass and the pit, Roy Ward Baker, 1967) y esa curiosa perla de ciencia ficción metafísica que continúa siendo Planeta prohibido (Fred McLeod Wilcox, 1956) y la injustamente olvidada La guerra de los mundos (Byron Haykin, 1953), que adapta muy libremente la recordada novela de H.G. Wells.

V.- UNA EXTRAÑA COINCIDENCIA

Lo curioso de todos estos títulos es que la mayoría se trataron de producciones de raquítico presupuesto, aunque la falta de dinero no escatimó la de la imaginación de sus guionistas y directores.

En todas ellas se da, además, las mismas constantes que en estos tiempos caracteriza a la ciencia ficción cinematográfica aunque se note una notable carencia de talento.

Léase la destrucción del planeta (en concreto de grandes núcleos urbanos como Nueva York o Los Ángeles) por extraterrestres. Y vistos desde casi todas las perspectivas. Es decir, desde la de un grupo de Marines con ganas de seguir dando tiros después de Irak y Afganistán o la de una pareja de civiles que solo quiere regresar a los Estados Unidos cruzando la frontera con México en la curiosa pero algo fatigosa Monster.

VI.- CONCLUSIONES

Que me parece curioso que el género recurra ahora a reinterpretar las cintas que se rodaron en los cincuenta, década en la que la amenaza al mundo occidental tuvo un nombre: el comunismo.

Hoy el miedo ha sido sustituido no ya por los musulmanes ni por lo narcotraficantes colombianos. No, el miedo hoy es mucho más peligroso y nos afecta a todos creando una sociedad bastante parecida a la que se reflejaba en la original La invasión de los ladrones de cuerpos.

Esa amenaza se llama crisis.

Y en toda crisis hay humanos que nutren como víctimas la ya amplia legión de desempleados y extraterrestres que no son los que aún conservan sus puestos de trabajo sino los que han hecho posible que de un plumazo desaparezca de nuestro diccionario las conquistas laborales que tanta sangre, sudor y lágrimas costó levantar en esta nuestra sociedad que hoy parece que rigen los marcianos.

O esos mismos invasores de Están vivos (1988), irregular pero políticamente incorrecta película del último profeta que nos queda del género: John Carpenter.

Saludos, al grito de ¡la unión hace la fuerza!, desde este lado del ordenador.

Curiosidades atractivamente inquietantes

Lunes, Abril 4th, 2011

PARECE SER…

que el equipo que prepara la quinta edición de Fimucité / Festival Internacional de Música de Cine de Tenerife quiere invitar a la isla a algunos de los compositores de banda sonoras orientales que en estos momentos están despuntando. No se han adelantado nombres, pero es uno de los platos fuertes de un encuentro que se desarrollará del 27 de junio al 2 de julio en diferentes escenarios, entre otros el Auditorio Adán Martín.

Fimucité anuncia que el concierto de clausura estará dedicado a Bernard Herrmann (Hitchcock sin Herrmann no es el mismo Hitchcock) y John Barry, compositor británico recientemente fallecido.

En este merecidísimo homenaje se oirá, entre otras, dos de las canciones que compuso para la serie James Bond, las míticas Goldfinger y Diamonds are forever, aunque no las interpretará la prodigiosa Shirley Bassey.

UNA DE ZOMBIES

cuando escribo Edward Morgan Blake no me refiero al Comediante de la pandilla de Watchmen sino al cortometrajista canario que se esconde detrás y que se llama… ¿cómo se llama?

La cuestión es que me entero que se encuentra en pleno rodaje de Guía de supervivencia zombie, que no sé si estará inspirado en el libro del mismo título de Max Brooks, vástago de Mel Brooks, ese simpático director que me hizo tanto reír con El jovencito Frankenstein.

Viendo las pruebas de maquillaje y el sano cachondeo que se respira en las fotografías subidas a Facebook, así como por mi confesa fascinación por los muertos vivientes, espero con mucha expectación su estreno.

UN PEDAZO DE ÁFRICA EN CANARIAS JAZZ

el Festival Internacional Canarias Jazz & Más Heineken, que cumple 20 años en esta edición, se desarrollará por distintos escenarios del archipiélago entre el 1 y el 17 de julio, y contará el 7 de julio con una Noche África que patrocina Casa África.

La Noche África es un concierto que promete lo mejor de la fusión y el mejor jazz que en la actualidad se está interpretando en el continente africano.

TIRMA EN GÁLDAR. TIRMA EN DVD

la Casa Museo Antonio Padrón acoge desde el viernes 1 de abril hasta el 30, la exposición Tirma en Gáldar, en la se quiere reconocer la labor de quienes participaron en el rodaje de la película Tirma (Paolo Moffa y Carlos Serrano de Osma, 1954).

La exposición ensalza la labor de artistas canarios como Sergio Calvo, Juan del Río Ayala y Carlos Morón, informa el Cabildo de Gran Canaria en una nota, a través de fotografías, libros, maquetas y cartelería, así como vídeos que reproducen entrevistas con algunos de los vecinos de la localidad que colaboraron en el filme y que forman parte de los extras del dvd que recientemente se ha editado de esta producción psicotrónica sobre la princesa aborigen canaria Guayarmina y su romance a lo Pocahontas con un gallardo conquistador castellano, papeles que interpretan Silvana Pampanini y un jovencito Marcello Mastroianni.

El dvd, que incluye un libreto con abundante material gráfico y textos de Rafael de España (Perdidos en Gran Canaria) y Luis Roca Arencibia (Una conquista legendaria), procede de una copia restaurada por la Filmoteca Canaria a partir de una copia o negativo en color localizado en Cinecittà en 2005, y dura 80 minutos

Y ES QUE NO PARA

efectivamente el equipo Para no para. Este jueves acoge la exhibición de Absurdistan, una película alemana de 2008 rodada en ruso y protagonizada, excepto los dos adolescentes, por actores no profesionales de nacionalidades distintas.

El viernes, concierto de blues con Bluesgate, proyecto de Peter Holm y Juan J. Coba. Y el sábado concierto de Senpai-Kohai, que reúne a César Martín, vibráfono, y Diego Expósito, piano.

Saludos, tocando el timple, desde este lado del ordenador.

Así quieren que sean las cosas (dictadores y el cine)

Domingo, Marzo 27th, 2011

I.- UNA CIERTA ANGUSTIA

Una de las películas que más me ha costado ver es Raza, filme dirigido por  José Luis Sáenz de Heredia y escrita por un tal Jaime de Andrade.

Resultaba incómodo exhibirla en aquellos tiempos.

Al parecer el filme estaba escrito por el tal Jaime de Andrade y había que coger con pinzas el mensaje que ofrecía sobre nuestra Guerra fratricida.

Y si bien hay un buen puñado de películas que se desarrollan en este período, la mayoría de ellas rodadas en la misma España del Cara al Sol como de La Internacional, en aquellos tiempos de entrenamiento cinéfilo y cinéfago Raza era como una incómoda asignatura pendiente.

II.- MOTIVO DE ALARMA

Esto que les cuento probablemente pasó a principio de los ochenta, cuando un amigo me avisó por teléfono que iban a proyectar Raza en el cine Price de Santa Cruz de Tenerife y como colofón a un acto de Fuerza Nueva. En aquella sesión iba a asistir su jefe nacional, una mutación de esa raza, Blas Piñar.

No fui.

Y no sé por qué. 

Años más tarde la vi en un pase de la Filmoteca Española y como suele sucederme con esos títulos que se dicen de culto, al descubrirla sentí que me habían engañado. 

Raza es roña. 

Y pienso: No llega bien a su 70 aniversario.

Aunque resista…

III.- FRONTERAS SOMBRÍAS

El director de fotografía Néstor Almendros reflexionó sobre la atracción de los dictadores en el cine en un artículo que les invito a que lean si pinchan este enlace.

Benito Mussolini erigió a las afueras de Roma los estudios Cinecittá, y derrochó todo el dinero que tuvo a su disposición para que se rodara Escipión el africano (Carmine Gallone, 1937), una de romanos que expande el Imperio Romanos por la cara. 

El ministro de Propaganda del III Reich, Joseph Goebbels, construyó a la medida de aquel régimen que no  llegó a los mil años una industria del cine que sí fue capaz de competir en igualdad de condiciones con la todavía emergente estadounidense.

Pero fue más por Adolf Hitler que despuntara en aquella cinematografía una de las pocas mujeres que han pasado a la Historia del Cine como directora, me refiero a Leni Riefensthal, y de su importantísima contribución a lo que significa el documental como género cinematográfico.

La primera vez que vi una de sus películas, El triunfo de la voluntad (1935), me encontraba  en otro sitio que no era Canarias.

El documental –de casi dos horas de duración– muestra el desarrollo del congreso del Partido Nacionalsocialista en 1934 en Nuremberg, con la llegada de Hitler en avión bajo sones wagnerianos.

El filme no cuenta con voz en off, se limita a enseñar el antes y el durante de esta sesión.

Y como espectador sorprende como seduce la visión de miles de personas en perfecta formación bajo banderas con la cruz gamada. Y como esas mismas miles de personas grita enloquecida cuando ve subir a la tribuna de oradores –como si de una estrella de rock se tratara–  a Hitler.

Un Hitler al que tan bien supo ridiculizar ese judío que no fue judío llamado Charles Chaplin.

El caso es que cuando terminó aquella proyección hubo aplausos.

Y  que cuando nos vimos en la calle, ninguno de nosotros nos atrevimos a mirarnos a los ojos.

Leni Riefensthal logra algo parecido con Olympia aunque el filme en esta ocasión no tiene la carga ideológica de El triunfo de la voluntad.

La cineasta y también actriz llevó al cine más tarde Tiefland, adaptación del drama Terra Baixa de Àngel Guimerà, nacido en Santa Cruz de Tenerife aunque desde los nueve años residente en Barcelona.

Otro dictador con debilidad por el cine fue José Stalin.

La estupenda y hoy injustamente olvidada El círculo del poder (Andrei Konchalovsky, 1991) muestra esta afición al contarnos la historia del operador de cine judío que se convierte en testigo de los acontecimientos de la dictadura cuando es reclutado por el KGB para trabajar como proyeccionista privado de Stalin.

Explotando su perfil de destreza militar cabe destacar también en esta lista de dictadores seducidos por el cine La quinta ofensiva, de Stipe Delic, hoy la producción más cara de la ex-Yugoslavia y que fue rodada en el trigésimo aniversario de la batalla de Sutjeska –la más dura en la que participaron los partisanos yugoslavos contra el ejército de ocupación alemán durante la II Guerra Mundial– a la mayor gloria de Tito,  interpretado por el siempre convincente Richard Burton.

La lista de dictadores aficionados al cine continúa.

Es sospechosamente larga.

Entre otros, Fidel Castro, que impulsa la Escuela de Cine de San Antonio de los Baños animado por su amigo el escritor Gabriel García Márquez, y en respaldar todo ese cine cubano que se rodó en los primeros años del triunfo de la revolución.

Entre otras, cabe destacar Historias de la revolución, de Tomás Gutiérrez Alea, y la extraña e insólita por poética Soy Cuba (1964), de Mijaíl Kalatozov. Filme que no fue bien recibido ni por cubanos ni por rusos precisamente por ser insólito y poético.

Paradojas de la vida, tuvo que ser un director norteamericano, Martin Scorsese, el encargado de revelarle al mundo los valores artísticos (y quiero pensar que propagandísticos) de una cinta de la que desconocíamos su existencia hasta hace apenas unos años.

IV.- EL GRAN NEGOCIO DE CHIRIJA

En el otro lado de la balanza – porque no fueron dictadores aunque quizás tuvieron la tentación de serlos, cabe mencionar el impulso que Franklin Delano Roosevelt y Winston Churchill prestaron al cine para que mostrara las excelencias de un sistema que como el nuestro hace frente hoy a las feroces y despiadadas dictaduras sean del signo que sean.

Frank Capra rodó algunas de sus mejores películas en aquellos tiempos. Y cineastas como David Lean fueron capaces de dejarnos las más emotivas y me temo que también patrióticas cintas en títulos como Sangre, sudor y lágrimas.

Así querían que fueran las cosas.

Y así quieren unos que sigan siendo las cosas.

Los titulitos corresponden a sendas novelas de Eric Ambler.

Saludos, socráticos, desde este lado del ordenador.

Cuando ‘Cleopatra’ comió carne fiesta en El Escobonal

Viernes, Marzo 25th, 2011

Si bien Andrés Chaves  ha sido el primero que se ha hecho eco de la estancia de la recientemente desaparecida Elizabeth Taylor en su columna de opinión en El Día, unos amigos me han enviado vía e-mail un artículo que me anima reinterpretar su paso por Tenerife porque se trata de un emocionado (y al parecer también fantasioso relato) sobre la breve estancia de la diosa en esta isla.

Su lectura, con independencia de que sea verdadero o falso, me ha hecho sonreír. Y con sonrisas es como se forjan las leyendas que no dejan de ser chistes que después todo el mundo se toma en serio.

Imaginad a la delicada Liz Taylor transitando en las por aquel entonces inhóspitas carreteras que conducían al sur de Tenerife con el fin de visitar unos terrenos que había comprado junto a su marido Richard Burton por la nada desdañable cantidad de 120.000.000 pesetas de la época. (Hagan la traducción en euros que yo no tengo cabeza). 

El cuento (¿verdadero? ¿falso?, que más dá… Es una leyenda) asegura que pasados cuatro meses la pareja de actores se desprendió de su parte –excepto al parecer de la alta meseta que Liz quiso conservar para construirse un hipotético castillo solo accesible por helicóptero– vendiéndolo al Banco de Santander.

Lo que me hace pensar en las razones de ¿por qué vendieron tan pronto lo que apenas meses antes habían adquirido? 

La leyenda continúa.

Se traslada a la actriz que se nos fue a Venus para que vea los terrenos que  adquirió.

En éstas, la Taylor siente enormes ganas de ir al baño y el automóvil se detiene en el Escobonal junto a un bar que se encuentra, casualidades de la vida, frente al pequeño cine de la localidad. 

Imagino así a la diosa con ojos violetas bajar apresuradamente del coche para desahogarse en el cuarto de baño del guachinche sureño.  

Y exclamar cuando entra en el aseo: What it is!!! mientras varias moscas vuelan burlonas a su alrededor.

No se oye tirar de la cadena cuando sale la señora Taylor del cuarto de baño. Su rostro, sin embargo, es de un extraño tono blanquecino, casi como si hubiera visto su peor pesadilla. O a Richard Burton cantar jarto de vino y con acento canario: una vieja seca, seca… 

Tras guardar en su bolso el pañuelo perfumado, se sienta en la mesa donde la espera su asesor financiero y quien dice contar la historia que quiero pensar es una deliciosa leyenda.

Aparece entonces la dueña del local, una señorona de las nuestras. Una mujer de mejillas sonrosadas y carnes generosas.

- Isabel, Isabel, ¡¡¡te voy a preparar una carne de cochino que no veas!!!

Liz tiembla. Sus ojos violetas se convierten en fuego.

- ¿Cochigno?- pregunta no obstante.

- Pig.- le dice el que nos cuenta la historia.

- ¡Carne fiesta!.- exclama la maga mientras reparte vino.

Y el bar comienza a llenarse de vecinos para ver a la Cleopatra.

- Yo no tener mucha jambre.- susurra la diosa.

Suena el inevitable timple.

- Yo querer ver tierras comprado…- susurra la diosa cogiendo de la manga a su alucinado asesor financiero.

- Es la Cleopatra.- grita el vecindario.

- Cleopatra... Está maciza la Cleoptara...- añade uno igual de bajito que la diosa. Podría ser el Marco Antonio del pueblo si nos ponemos shaskeperianos. 

Liz Taylor está ahora ante el plato de carne fiesta.

Las voces se apagan.

Todos observan expectantes como la actriz se lleva un pedazo a la boca.

Cleopatra lo mastica delicadamente. Tarda varios segundos en tragarlo.

- Good!.- exclama con una sonrisita con la que espera quedar bien.

- Cleooopatra, Cleoooptra, Cleooopatra.- cantan los allí reunidos.

Liz Taylor se acerca a su asesor financiero.

- Vende.- le ordena.

- ¿Vender? ¿Ya?.

- Vende, oh my God!!!

- Cleo… patra. Cleo… patra.- cantan entusiasmados los vecinos.

Liz Taylor sonríe mientras murmura mirando con sus ojos violeta a su asesor financiero.

- Tiene gracia… ¿pero no estaré ya en Venus?

Saludos, comiendo carne fiesta con Liz Taylor en –efectivamente– el planeta Venus, desde este lado del ordenador.